
Esta nota tiene por objetivo ayudar a salir de esas situaciones donde todo parece perdido, lejano o imposible. Allí, en esos momentos o días, en que aparecen las tristezas, aparentemente sin causa, o una soledad que va más allá de la falta de compañía. Me refiero a ese sentimiento de desprotección que invade, principalmente, a la gente mayor, aunque la casa donde vive esté llena de familiares y haya ruidos y música. Algo se instala en la mente, en el cuerpo. Y es como un miedo, perseguidor, constante, con toques de crueldad. Casi como si fuera un ser vivo, el miedo puede invalidar hasta las ganas de vivir, inclusive el deseo de levantarse a la mañana. Y el futuro parece oscuro, incierto, amenazante, lleno de problemas y dolores inimaginables. Quienes padecen ese decaimiento en su voluntad, creen verlo como un monstruo sutil siempre al acecho y que, a la noche, desplegará aún más sus alas negras para envolverlos en pesadillas o impidiéndoles dormir.
No pretendo aquí hacer una tesis psicológica ni un tratado exhaustivo en la patología de las fobias, paranoias, y todas las variantes de las anormalidades mentales y psíquicas. No es la función de este sitio. Ustedes, mis lectores, lo saben. Pero sí, voy a dar algunas ideas, indicios, orientaciones, o posibles caminos alternativos para salir de ellos.
Es frecuente que en ciertas etapas de la vida, y por distintas razones, nos vayamos como apagando y apartando del mundo. Alrededor de los cincuenta años, todavía nos divertía reunirnos con amigos, cenar junto a otros matrimonios y hasta irnos de viaje con otras familias. Al llegar a los sesenta, quizás empezaron a faltar algunos seres queridos, menos gente a la mesa de las festividades, y se evitaba hablar de ellos, aunque a la vez queríamos recordarlos como si estuvieran en este mundo. Esa dicotomía o paradoja, producía un extraño, pero insistente dolor en el alma. Entonces, inventábamos excusas de salud u ocupación, y no íbamos más a esas reuniones. De los setenta en adelante, pudo ocurrir que las modas, las tecnologías y las costumbres modernas no “encajaron” con nuestros parámetros de vida. Y así nos sentimos como forasteros dentro de nuestros propios entornos. Este es el momento más crítico, donde empiezan los aislamientos voluntarios e inconscientes. Muchos ancianos solitarios, se quedan horas interminables viendo televisión e hipnotizados por crónicas policiales y del delito, alimentando más aún su sensación (y su realidad) de inseguridad. Sabemos todos que el mundo está más difícil en lo que hace al respeto y las convivencias, que reina la indiferencia, como una condición “normal”, en esta sociedad. Entonces, ciertas personas más débiles de carácter o personalidad, temen hasta para abrirles la puerta a un nieto. Tiemblan ante cualquier situación nueva y les da vergüenza mostrarse tan débiles, cuando hasta hace un tiempo, tal vez, eran líderes o ejemplos de híper actividad, alegría y capacidad resolutiva en todo.
Soledad, tristeza y miedo, no siempre llegan en este orden. Suele ocurrir que inviertan sus apariciones en nuestra vida. Por ejemplo: Al disgregarse el grupo familiar, la soledad de algunos miembros, es una consecuencia lógica. Si estos cambios, se toman con inteligencia, y quizás apoyo de un terapeuta adecuado, se pueden capitalizar como mayor paz, libertad, o lo inverso: sufrirlo como un deterioro personal y sentirse carente de afectos. Read the rest of this entry »
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