LA CAMIONETA ROJA -cuento-

Don Sixto Centurión se levantaba antes de que el sol asomara en el horizonte del ancho campo que rodeaba su casa. El primer mate amargo que sorbía apurado, quemaba o estaba frío, daba igual. Era como una excusa para empezar el día. Una jornada de trabajo rutinario, que lo hacía sentir útil. Engrasar la bomba de agua, cortar algo de leña, atender a sus dos caballos, y enseguida revisar el pequeño sulky, como único vehículo de dos ruedas que poseían, además de una bicicleta desinflada y sin frenos que quedó arrumbada en el galpón. El carruaje era discreto, al menos servía de transporte, y con él llegaba hasta el pueblo, junto a Juana, su pálida y callada mujer. Que a veces, lo acompañaba cebando otros mates, en silencio, como si pensara en alguna historia imposible que le hubiera gustado vivir. Muy de tanto en tanto, se la podía descubrir tarareando viejísimos valses que le había escuchado a su madre. Otras veces surgía un tema popular folclórico y hasta tangos gardelianos.
Y era en esos casos, cuando Sixto la acompañaba. Pero en cuanto se daba cuenta, que había emitido muy desafinados esos versos que dicen “vivir… con el alma aferrada, a un dulce recuerdo que lloro otra vez”, le sobrevenía una especie de vergüenza que los silenciaba a ambos, y tras un carraspear disimulando, le mostraban al otro alguna lechuza que los miraba insistente desde un poste del alambrado. El próximo comentario podía ser destacar el nuevo techo que había instalado un vecino en su gallinero, o si tenía algo más de posibilidades, la presencia del rastrojero usado que lucía con cierta dignidad, en el camino de entrada de la pequeña chacra vecina.
Volvían del centro satisfechos. Con el escaso dinero que disponían pudieron reponer algo de harina, maíz para los cerdos, un poco de lana para tejer que necesita su esposa y quizás unos litros de combustible para hacer funcionar el generador de electricidad que le había regalado el alemán que se fue de un día para el otro, perseguido por supuestos mafiosos que irrumpieron por el pueblo para cobrarle una vieja deuda.
Descargando lo comprado en el centro comercial, de ese pequeño poblado, se sentía agradecido a la vida. Un lugar especial al sur de la provincia de Nuevos Aires, en la República Posible, con pocos vecinos, pero que se arreglaban para suplir toda necesidad con ingenio y poca plata, donde don Sixto, se dedicaba de lleno a recoger parte de la fruta que ya empezaba a pintar como madura en los árboles que él adoraba y mantenía libres de toda plaga para verlos, cada verano, como se colmaban de duraznos y peras caseras.
Héctor y su hermano Juan José, los hijos de la pareja, solían irse de casa durante el fin de semana, fingiendo que integraban un club de pescadores, donde hacían otras actividades deportivas, pero no daban demasiadas explicaciones y su padre tampoco preguntaba detalles. Llegó a pensar que estarían enredados en algún “asunto de polleras” y lo entendía como natural y necesario en la vida de sus hijos.
Aunque el más chico parecía muy joven para esas aventuras, pero lo prefería antes que estuviera cobijado bajo la falda de su madre. En esa época ningún padre podía soportar la idea de que su descendiente fuera “blandito”, poco hombre y muchísimo menos, que se le hiciera maricón.

Pasó un tiempo, con días apacibles y también de los difíciles. Esos en que por una u otra causas, hay que esforzarse más. Llevar a caballo, y en varios viajes, algunas bolsas de verdura, al puesto que le compraba con frecuencia, y dejar de transportar otras mercaderías más pesadas, porque la lluvia es muy intensa y ya no se dispone del sulky, al que se le quebró una de sus varas de tiro, y por un tiempo no podrá ser reparada.
Las semanas se iban entre las repetidas rutinas rurales y caseras, hasta que el almanaque empezó otra vez el mes de marzo. Llegaría otro 21, otro cumpleaños, y Sixto, con su humor particular, se hacía llamar, “Don Otoño”. Se producían en la casa una serie de situaciones raras, pero no molestas. Lo desconcertaba la sonrisa sutil que intercambiaban los hijos con la madre y como dejaban de hablar de golpe, cuando él entraba a la sala principal de la casa. Se notaba que cambiaban de tema inmediatamente.
El misterioso clima familiar, tuvo un momento en que fue insostenible. El hombre ya estaba casi molesto porque pensaba que le ocultaban algo que él debía saber.
Y lo supo, en la mañana de su aniversario, unos minutos después de desayunar todos juntos. Cuando lo invitaron a caminar un rato, no sospechó que la razón no era ver el potrillito que había nacido, hace unos días, en el campo de los Torres. Lo habían despistado.

Y descubrió que allí, a pocos metros, al doblar la esquina arbolada, estaba el fruto del trabajo, a escondidas, que habían hecho sus hijos y su esposa para comprarla. Dispuesta a acompañarlo en sus tareas, algo usada, pero radiante, lo esperaba… la camioneta roja.

Oscar Capobianco
(05-04-14)

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EL PERRO QUE NO LADRABA -Cuento-


La señora era mayor, pero quería una compañía, tal vez otra pareja, una nieta o un perro, algo. Lo que necesitaba no era precisamente un hombre por su condición de varón o de marido convencional. Ni siquiera fantaseaba con un amante. La urgencia era lograr una cierta tranquilidad, saber que de noche, ya habría un centinela, algo vivo, velando por su sueño. No la asustarían tanto los ruidos indefinidos. Unas veces, como voces y quejidos difusos, en otras ocasiones le parecían pasos por el patio delantero acercándose a la puerta de acceso a la casa. Su médico le había recomendado tomar un ansiolítico a la noche, una media hora antes de acostarse, para que pudiera dormir sin las angustias que venía sufriendo desde que quedó sola.
Ahora, la camioneta donde lo trajeron ya se perdía al doblar en la esquina. Etelvina miró al perro con cariño, y el can le devolvió el gesto, casi se diría con ternura. La señora le dió la bienvenida preparándole, entusiasmada, unos restos de pollo y un poco de carne picada que sobró del pastel de papa. Lo acariciaba cada vez que le daba de comer, sonreía como diciéndole gracias, después acomodaba el viejo acolchado que cortó en dos y le dedicó como cama en la casilla recuperada. Unas cuántas maderas haciendo las veces de paredes y una puerta central, que tenía zonas deterioradas por la humedad y su pintura descascarada, pero que aún conservaba cierta utilidad. Como todo lo viejo en la vida. Esa cucha se compró en la primera época de su matrimonio para Negrito, un cachorro cascarrabias que encontraron en unas vacaciones y subieron a su Valiant 4, volviendo de Santa Teresita, en un verano que no aportó más que calor y gastos, quemaduras de sol y la tristeza de volver a la casa de siempre, a las ocupaciones y problemas de siempre. Sumándole ver el pasto muy crecido al volver y unas cuantas facturas para pagar. Época pasada, tiempos de supuesta felicidad, de tratar de aguantar, ahorrar, aceptar, alimentar, añorar y tantos otros verbos con la misma terminación y en infinitivo, cuando ella formaba su familia con Pedro, un hombre tosco y de mal carácter con el que había engendrado sus dos hijos. Herederos de nada, pero con su sangre y el apellido paterno como único legado.
Pero el almanaque es impiadoso y va deshojando historias y meses sin tomar en cuenta nostalgias ni penas. Los hijos se pusieron de novios y en un tiempo, que siempre parece corto para los padres, ya habían partido hacia sus propias historias y poco la visitaban. Al mayor le daba lo mismo, un elefante o un canario. Vivía en su cuarto, inventando cosas, creando fantasías, aislándose del mundo real, o la vida que no entendía de sus padres. En tanto que el menor, muy tímido y con serios problemas de comunicación, a quien pocas veces se lo veía en el ambiente principal donde se recibía a las visitas, le daba alergia el pelo de los perros y gatos. Etelvina recordaba las discusiones interminables que provocó el ejemplar anterior porque tenía el hábito de enroscarse sobre su cama, poniéndolo muy nervioso, y ya había agotado su capacidad de convivencia con esa mascota. Cuando pasaron los años, sin que nadie supiera bien la causa, apareció envenenado y tirado en la vereda de enfrente y entre los pastizales. A todos les quedó la duda de una acción eliminatoria intencional, pero prefirieron no cargar la consciencia del chico menor, en la hipótesis de que hubiera sido un vecino. Con el tiempo, el hecho quedó en el olvido y la casilla vacía, empezando a pudrirse, tirada en el fondo del terreno.
Etelvina enviudó. Al año se volvió a poner en pareja con un hombre que detestaba todo, hasta las palomas que sobrebolaban los techos y anidaban en el enorme ficus junto a su dormitorio. Su nuevo compañero, le había pedido, con carácter de orden, que no trajera animales a la casa. Pero un buen día, este señor le fue infiel y tuvo la buena idea de abandonar la casa y con ella a Etelvina. Otra vez sola, volvió a sus inseguridades y miedos nocturnos. Volvieron también los ruidos que parecían pasos acercándose a su puerta. Por eso se puso muy feliz cuando le dijeron que fuera a buscar a Guardián, un cachorro canino que perteneció a una familia y ahora no tenía hogar. Sus amos se mudaban a un departamento muy chico, por un problema familiar que los había golpeado mucho. La mujer ya estaba en tratamiento psiquiátrico, el marido en prisión y la hija embarazada.
Un vecino de toda la vida la llevó a buscar al animalito. Etelvina lo vio y sintió algo especial. Era hermoso, tenía un buen porte, el pelo brillante, buena estructura corporal, la raza de la cual provenía estaba aún muy presente a pesar de algunas mezclas genéticas de sus antepasados y se lo veía muy tranquilo, sin demostraciones de entusiasmo, casi triste. Cuando se lo regalaron a Etelvina, no le anticiparon nada de lo que descubriría una vez instalado en su nueva casa. El perrito estaba enfermo, de una rara enfermedad que no manifestaba su cuerpo. Era una dolencia interna, no se veía a simple vista ni surgía ante un veterinario. Se podría decir que era del alma. El alma que tienen los perros, la que los hace ladrar, bailar,esperar con ansiedad su llegada de su amo y ponerse contentos al verlo llegar, lamerle su mano, recibir ese abrazo que lo humaniza y lo hace sentir bien, en su casa, con su familia humana.
Pasaron muchos días, hasta que Etelvina cayó en cuenta de que no le conocía su voz, que jamás lo había visto reaccionar con enojo, atacar o mostrando su fuerza defensora, su instinto de guardián. Se acercó y lo acarició un largo rato. Vinieron a su mente infinitas escenas de fiestas pasadas, con los chicos gritando, la gente riéndose y bailando, la música fuerte y estridente simbolizando la alegría… y ahora todo tan distinto.
La casa casi en penumbras para ahorrar energía, la radio averiada y tapada por una carpetita tejida al crochet que le regaló su madre. Etelvina creyó entender lo que pasaba con el perro. Intuyó su dolor, por su condición de madre, no le extrañaba tanto su actitud casi autista, su silencio. Eso viene de adentro. Estaba junto a ella, pero en su mundo hermético y privado. Un día, sin preguntar, a la semana siguiente de instalarlo en su casa, supo todo. Salió la información en el diario local y ya estaba en todos los medios.
Guardián había visto algo y quedó muy afectado. Fue testigo involuntario del momento en que su dueño anterior violó y luego mató a una de sus hijas.
Desde ese día, él no ladró más.

Oscar Capobianco
16/02/14

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QUE LA DECEPCIÓN NO DISMINUYA LA FE


Te mintieron en algo que te duele. No cumplen con lo prometido casi bajo juramento. Se burlan de tu sensibilidad diciendo que no te hagas mala sangre, que no es para tanto.
Te quieren inculcar una conducta que sentís deplorable con el pretexto de que todos lo hacen. Vas sumando gente que no devuelve libros, ni dinero, que no avisa cuando lo estás esperando y no aparece, jamás se disculpa, no asume su falta de palabra e inventa diluvios en el desierto y arenas movedizas en pleno asfalto.
Es decir, están ciegos a los valores de la buena convivencia, no hay códigos en su accionar ni en el respeto al semejante, deformados, confundidos, adocenados en un cúmulo de casi delincuentes cotidianos, que tal vez no roban, en el sentido del ancestral delito, pero deterioran y lastiman nuestra fe.
Reconozco mi enorme decepción con esta época, con muchas de las personas que trato a diario, con cierta gente a la que le di lo mejor que pude y cada vez que me necesitaron y hoy no están, se borraron.
No estoy reclamando, no estoy tan enojado, estoy dolido, decepcionado. Casi sorprendido de ver a quien debiera ser un aliado, convertido en un enemigo virtual.
Estoy triste por lo que pasa fuera de mi casa, de mi micro mundo de amor que comparto con mi pareja.
Es muy doloroso sentir que sólo puedo confiar en mis dos hijas, en mis nietos y en el ser que elegí para abrazar cuando sueño con un mundo que podría ser mejor. Que tal vez haya soñado de chico, “borracho” del perfume a jazmín, por el aroma inconfundible de los aromos que adornaban mi casita en Moreno, en la provincia de Buenos Aires. De aquella época donde escuchaba a mi madre llamarnos para tomar la leche y seguir dibujando sueños, con el lapiz negro con goma en un extremo, en el cuaderno de tapas duras conque intentábamos aprender a aprender, para no tener que borrar nada en la vida.
El escritor estaba en ciernes, todavía no había despertado, pero yo sentía diferente. Crecí, hice la mejor vida que pude, compartí lo que iba descubriendo del amor, di mi mano y mi corazón en mi profesión. Y hoy, veo a un escritor parecido a aquel chico. Está con su notebook, lo reconozco, es aquel Oscarcito, pero alcanzó a difundir sus pensamientos más allá de su propia Argentina. Hoy es conocido, no sé si famoso.
Tiene un nombre, es Oscar Capobianco, que aparece en las tapas de sus libros… casi una marca registrada.
Y un viernes 7 de febrero, siente algo así como nostalgia y quiere hablar de la decepción, pero no quisiera que disminuya su fe. Entonces se replantea muchas cosas… y vuelve a la primera persona, él mismo, yo.
Voy a seguir imaginando que lo noble y sano es posible, que los deberes cumplidos son nuestro aporte a la vida para merecer los derechos.
Voy a recuperar toda la energía que perdí, creyendo que la gente cumplirá con lo que promete, que devolverán mis libros prestados… que leerán esta nota y se sentirán identificados.
Voy a recuperar mi esencia y en homenaje a aquel chico que soñaba un mundo de amor, volveré a tener fe.

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VENTANAS ABIERTAS


- ¿Qué es la vida, mamá? –le preguntó la niña, interesada.

- “Es aquello que pasa, mientras pasan los días.” respondió con tristeza.

- Pero entonces no hay magia. Si todo es repetido, es casi una agonía. Y sólo sumar horas es morir por rutina. Estarás confundida, mamá. Esa vida es muy fea.

- No, hija. Ya aprenderás un día que este mundo es distinto, al que te acostumbraste a escuchar en los cuentos.
No hay más reyes ni reinas, ni hadas, ni castillos. Los príncipes han muerto y hasta se fue apagando la estrella de los sueños. La vida real, es ésta.

- Te equivocas, mamá. Estás viendo muy negro tu destino. Cerraste las ventanas de tu cuarto de niña, y quedaron afuera tus bellas esperanzas, tu ilusión, tu alegría. ¿Dónde está la que eras?

- Tal vez tengas razón. Crecí sin darme cuenta, me casé, me hice madre y también fui olvidando mi vestido floreado, mis moños, mis muñecas. Esas que hoy están mustias, tan serias en tu cuarto, porque se sienten viejas. Ya no juegues con ellas, es mucha su tristeza.

- Me perdonas, mamá, quiero decirte algo que tal vez no recuerdes:
La vida no es “aquello que pasa, mientras pasan los días.” –como recién dijiste. La vida es lo que hagamos de los días que quedan esperando entregarnos maravillas, si es que sabemos verlas. Y vas a comprobar, si bailas y le cantas a ese mundo brillante que dejaste allí afuera, que saldrá un sol distinto, como una primavera.
Y al verte en movimiento, y otra vez en el mundo, se pondrán a bailar contigo las muñecas.

- Es verdad, hija mía, me has hecho caer en cuenta. Si sabemos mirarla la vida es una fiesta, que empieza cada día, pero no en este encierro, sino viviendo alegre, con vestidos floreados, con ventanas abiertas.

Un poema-relato de
Oscar Capobianco
15/01/14

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INVITACIÓN A MI PERFIL de FACEBOOK

Desde hace un largo tiempo y por razones de configuración, sistema operativo, y otras tantas complicaciones con la computadora, no estoy subiendo notas a mi sitio.

Pero, les recomiendo entrar a mi perfil de Facebook, (hay link directo, que dice “Capobianco en Facebook” (en color verde, a la derecha de la pantalla) y allí encontrarán mis últimas novedades, reflexiones, y fotos.

Espero en poco tiempo más regularizar las publicaciones.

Un abrazo con todo mi cariño a los miles de lectores que siguen esta página.

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LAS PRUEBAS NOS PRUEBAN

Todo es una consecuencia, un fruto, un resultado de determinada acción o serie de hechos. Esta parece una deducción que se limita a la concreción de negocios, gestiones, emprendimientos en el mundo social y material, pero sería una parte. En la vida del ser humano, más allá de las condiciones sociales, económicas o espirituales en que viva, se presentan situaciones inesperadas que debe resolver o superar. Si usamos como ejemplo simple y cotidiano, la circunstancia de no contar con algún elemento habitual y rutinario, como podría ser disponer de servicio eléctrico domiciliario, ante un corte de ese elemento, podemos caer en la desesperación y la angustia si estábamos haciendo un trabajo que requiere del mismo. Lo inteligente, en esa circunstancia, sería evaluar las posibles variaciones que podemos implementar en el diagrama de tiempos para ese día. Lo más práctico sería, llamar a la compañía que suministra electricidad para enterarnos de que tiempo estimado tendrá esa interrupción, luego adelantar lo que estaba originalmente previsto para más tarde y resolver el tropiezo con un simple cambio en el cronograma. Cuando vivimos demasiado estructurados, con horarios, costos, lugares, personas especificas, se nos hace más complejo resolver y ejecutar una nueva idea. Mi experiencia me dice que es sensato, de tanto en tanto, dejar en manos de otra persona, aquello que no es imprescindible hacer nosotros. Si este percance nos quitó tiempo para cocinar, se recurre al delivery. Si la tarea estaba calculada para ser terminada esta noche, y debe completarse mañana, no habrá problemas si, de antemano, fuimos capaces de darnos ese margen de seguridad. Y aquí, se puso a prueba nuestra capacidad de programar atendiendo a los factores que pueden estar en juego en ese logro. Una prueba a superar, a prever en el futuro, para no confiar en hacer todo a último momento. Otro caso o situación puede ser confiar en que tal o cual persona nos va resolver algo y dejarlo supeditado a ese supuesto compromiso que tomaron con nosotros. Lo más probable es que se disculpe y nosotros tengamos que buscar el dato, con el consiguiente atraso. Hay infinidad de ocasiones donde deberemos poner a prueba la inteligencia práctica, la previsibilidad de resoluciones que siempre está en nuestro compromiso, por más que sea tentador desligarse y delegar. Otras pruebas son emocionales, como las aparentes pérdidas de afectos, compañías, trabajos, oportunidades, proyectos. Todo debe tomarse como probable, relativo, ocasional. Entonces, la decepción será menor. Si se dan todas las condiciones son favorables y nuestro logro es rotundo, entonces, sí, festejar con todo derecho por el éxito obtenido. No creernos campeones de nada y seguir acopiando experiencias que nos van a allanar el camino en las próximas pruebas. Quienes desean probar la existencia del mundo espiritual y creer en los milagros, deberían partir de no tener el concepto de imposible, ya que Dios o la Inteligencia Superior queda inactiva para quien no tenga la suficiente fe. Con la certeza se consiguen grandezas, con el temor sólo aumentan los índices del fracaso. Las pruebas nos prueban. Démosles la sorpresa de saber superarlas. Éxito no es sólo alcanzar lo esperado, sino lograrlo con la menor exigencia y sin dolores innecesarios.

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LA ANSIEDAD ES ENEMIGA DE LA PAZ

No sirve. La ansiedad no sirve de nada. Empiezo esta reflexión con una afirmación muy categórica porque ya lo comprobé. Es una emoción negativa, algo que nos amarga el momento y prolonga un tiempo que pudimos esperar en paz. Ser ansioso no cambia las situaciones que debemos superar, y sólo aporta sufrimientos innecesarios. Podemos ser ansiosos circunstanciales, algo que no representa ninguna patología, o crónicos donde se suma la angustia. Quien se deja dominar por la impaciencia, cae fácil en la ansiedad y pierde objetividad para ver lo que realmente está ocurriendo. No razona con la serenidad necesaria para tomar una decisión y superar el inconveniente sin mayor gasto de energía que optar por sí o por no.
En la vida las alternativas no son múltiples, casi siempre son como en el sistema binario (0-1) donde “cero” sería No y “uno” equivale a un Sí en nuestra elección. Los aparentes problemas no mutan como camaleones en la mayoría de los casos. Salir de la ansiedad, depende de nuestra sensatez, sólo obtenible en calma, para negar o aceptar tal o cual opción. Si se trata de incertidumbres que tiene toda la humanidad, debiéramos entender que no es algo que nos compete a nosotros aliviar o cambiar. Si en cambio es un tema puntual(o aparente problema personal) vinculado a nuestro entorno, trabajo, actividad, familia o asuntos privados, lo más conveniente es resolverlo guiados por la razón, para crear una estrategia, donde se pague el menor costo emocional, pero nunca mediante una reacción ajena a lo que dicta, muy sabio, el corazón. Read the rest of this entry »

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NO DEJARLA GANAR -Relato-

Nevaba donde muy pocas veces lo hizo. El frío no era el habitual para esa zona, ni los vientos helados que surgían de repente y lo hacían retroceder unos pasos, para luego reiniciar su caminata hacia algún lugar que no tenía demasiado decidido. La idea era salir de ahí. Y ese “ahí”, estaba más dentro suyo que en el sitio donde todavía existía. Pero cuesta entender lo que a uno le pasa, cuando se empieza a agrietar el alma. No es fácil aceptar que uno no se va nunca de ningún conflicto. Y que escapar de la tristeza corriendo es llevarla a otro lado consigo. Hay que encararla, reconocerla, pelearle el dominio con el resto de esperanza que nos quede. No dejarla ganar. La libertad no es un campeonato deportivo, es una elección de vida. Si nos entregamos, un empate tampoco sirve y nos llevará más rápido al fracaso total que los demás esperan de nosotros.
Siempre habrá alguien que se favorezca con nuestra desaparición. No lo permitamos, porque es una forma de suicidio. Y no tiene que ver con ningún destino prefijado. Pero podemos disolvernos en plena vida. Porque morir no es sólo dejar este cuerpo, a veces, es vivir en él y no sentir la vida que lo nutre.

Empezaba a llover y el agua, que ya rodaba por su rostro, se mezclaba sutilmente con las primeras lágrimas de un supuesto duelo por algo perdido. No era la ausencia de un ser querido, era lo más querido de un ser lo que empezó a faltar. Su paz, su equilibrio, la seguridad emocional. Es muy feo sentir que vienen ganas de dejarse tragar por el precipicio, no apurar la marcha cuando al cruzar las vías se ve llegar al tren, esperar a ese supuesto terremoto final que nos saque del cuerpo al respirar por última vez bajo los escombros que nos cubren. Un derrumbe que pudimos prever, pero nos faltó confianza en el logro que supone la prevención de estar a cielo abierto. No se puede renegar del sol, si nos ponemos a caminar sin rumbo por el desierto. Ni buscar culpables inocentes de lo que elegimos por inconscientes… Read the rest of this entry »

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CALCETINES EN LA FRUTERA

Lo que describe este título, ¿Te parece una imagen rara, una escena cotidiana y habitual o una locura del escritor?
Te rebelo la motivación que me llevó a escribirlo. Hay gente que no vería nada anormal y hasta muy práctico calzarse un par de soquetes que tome del centro de la mesa del comedor. Diría -como justificación- que están limpios, mucho más a mano, y el lugar elegido no tiene nada de malo. Tal vez tambien guarde un par de peras en la mesa de luz del dormitorio.
En cierta parte es verdad y tiene razón. Cada uno en su casa, hace lo que quiere. Pero en otra lectura más sicológica o conductual es bastante preocupante ese desfasaje. Analizando estos hábitos desde la lógica natural que armoniza todas las cosas, inclusive nuestros estados emocionales, veremos que hay una disociación entre la mente, su atención y el cuerpo con sus emociones. Un desajuste.
Cuando llegamos a tal descontrol, como para buscar nuestros anteojos en la heladera, también hemos llegado a un estado de “enajenación” sutil.
Y no es exagerada esta advertencia. Con muchos años de ejercer la terapia alternativa, comprobé que el simple acto de ordenar bien lo cotidiano y hogareño, repercute en paz y armonía para toda la casa y sus moradores. Algo que se percibe en toda su conducta. Y en lo estrictamente individual, tener las cosas en su lugar, aporta un equilibrio que ayuda a minimizar el estrés del diario vivir. Quién sabe perfectamente cuánto le resta de leche al sachet que ya tiene empezado, está mejor parado frente al mundo que quien, cuando va a preparar dos tazas, nota que no le alcanza ni para una. Un ejemplo sutil, concreto, hasta trivial, podríamos decir, pero esconde una gran verdad, subliminal y vital. Esa persona no sabe dónde ni cómo vive… Read the rest of this entry »

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LA INCOHERENCIA ES MUY FRECUENTE

Vivimos en un mundo donde las palabras parecen haberse rebelado y no significan lo mismo para todos. Quizás algún duende travieso estuvo mezclándolas en los diccionarios de los descuidados con el lenguaje.
Digo ésto porque me sigo encontrando con gente que discute lo insostenible y lo asegura con fuerza de ley. Hace poco me pasó en un negocio. Quien me estaba atendiendo me daba un producto totalmente equivocado y sin embargo insistía en que yo lo había pedido así. ¿Pero dónde está mi absoluta seguridad de que no fue lo que yo buscaba? En que jamás en mi vida utilicé, utilizó ni utilizaré dicho producto y menos de esas características. Yo no pido berenjenas cuando quiero hacer ensalada de lechuga. Así de simple el ejemplo. Tengo la suerte de ser claro, rápido, coherente, inteligente, sensato, culto, ubicado y lógico. Sí, todas esas características las ostento con sano orgullo. Entonces es muy difícil probar un supuesto error mío de esa naturaleza. Mucho menos en el uso de las palabras que son mis herramientas más preciadas para expresarme hablando o escribiendo. Me conozco lo suficiente. Y hasta cuando cometo un furcio, lo descubro millonésimas de segundo después de ocurrido y lo corrijo. Me río, lo aclaro, juego con eso, pero no se escapa de mi oído atento. Tampoco lo dejo pasar haciéndome el distraído. Quien me conoce lo sabe bien. Quien me preste atención cuando hablo o escribo verá que no digo molinete de estación, si quiero referirme a un molinillo de café.
En fin, lo que me lleva a esta reflexión, es la molestia o sorpresa que me produce que me endilguen dudas y torpezas ajenas como si fueran mías. Hace varios años estoy vinculado al mundo de la Cosmética, soy consultor y represento a marcas prestigiosas. Sé perfectamente que no es lo mismo un lápiz labial cremoso y perlado, que otro hidratante y de larga duración. Cada variante, está en distintas páginas del folleto, tiene su código, no aparece en la ilustración que corresponde a una línea de la marca, si pertenece a otra, etc. Hago esta referencia puntual porque comprobé que cierta gente no piensa cuando encarga algo y luego, no tiene la honestidad de decir: Me equivoqué. Quiere desligarse, se desdice, cambiando lo que dijo por lo que no dijo. Y queda en ridículo frente a mí. Ya no me enojo, me produce cierta pena… Read the rest of this entry »

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