La página en blanco es una invitación tentadora y una condena subyacente. No puede ser más cruel ese tiempo en que ni la letra inicial está ubicada en el primer renglón.
Hay una callada desesperación en la cabeza del autor que, mientras mordisquea el bolígrafo, implora en secreto la ayuda de las musas.
Pero ellas no son seres disponibles a voluntad, como empleadas a sueldo. Las musas van y vienen por donde se les antoja, deambulan por la imaginación del músico, por la fiebre creativa del pintor, por la maraña de personajes del dramaturgo, pero suelen faltar a la cita de un insomne, que a las seis de la mañana, se planta frente a la hoja en blanco. Y las misteriosas inspiradoras están en su derecho. ¿Quien lo obliga al autor a generar otro texto, y además que sea genial, y no se parezca a su obra anterior, que tenga los elementos técnicos y creativos como se supone, debe tener la obra literaria?
Demasiadas exigencias para mantener el buen nombre y prestigio. Es una tarea casi insalubre mantener vivos esos laureles virtuales que se cuelgan del cuello, no como premio, sino como una metafórica carga. Similar a una soga que nos tira hacia el abismo del miedo que supone no ser capaz, ante el menor indicio de haber perdido la creatividad. Ante el temor de comprobar que ya se ha dicho todo. Que no hay más fantasías y la realidad no se escribe, se vive. Que tal vez se haya vaciado el baúl de la mente, donde viven los duendes y las hadas, los asesinos y sus víctimas, los genios y los poseídos, los atorrantes y los venerables, las ancianas brujas y los niños angélicos… Que todo eso de lo que se nutre un buen relato, ya haya renunciado a acompañarnos y se fugó en una noche de insomnio, donde el autor estaba agonizando en su propia realidad.
Y así llega una especie de hastío, resignación e impotencia. Una rara sensación de fracaso prematuro. Un sentimiento de frustración, seguido por un gesto de tristeza que no se irá hasta que salga el sol. El suicidio creativo del artista.
- ¡Basta ya de decir estupideces! –se escucha en el torbellino de elucubraciones inútiles. ¿Por qué no escribís sobre la imposibilidad de escribir?
Es una voz suave, casi femenina, de un tono sutil, pero a la vez imperativo. Y nos vuelve a la idea de la musa. Y nos ponemos otra vez a recordar a los grandes de la historia del arte. Nos vienen imágenes de cómo el propio Miguel Ángel, frente a un enorme pedazo de mármol, se inspiró para concebir La Piedad.
Pero esa voz insiste en aconsejarnos. Esa voz sin palabras audibles, es tan notoria que no se la puede desoír. Grita para despertarnos de la abulia.
-Piensa en tanta gente que no puede expresarse. Que no tiene algunos de tus sentidos. Que pasa la vida en la limitación expresiva o la grandeza de su propio mundo interior tan rico y sabio.
- ¿Cómo es eso? –le preguntamos a la voz. A ver, explícame esa dicotomía de limitación y grandeza. ¿Me querés decir que hable de los contrasentidos?
- No. Que no hables, que no escribas, que no pienses. Que seas. Que de una buena vez, seas vos mismo. Sin referentes, sin modelos, sin el compromiso de ser como esperan que seas, como te impusiste hacer cosas, para mostrarte ante los demás. Lo que quiero decirte es que salgas de tu propio encierro. Fíjate bien en las paredes que te rodean. Son duras, están hechas de ego. El techo es de soberbia, está hecho de aplausos, pero se te puede caer encima ante el menor tropiezo. El piso es de tierra, sí, y tus lágrimas lo pueden deshacer en cualquier momento, pero sólo te hundirías más.
- Entonces, ¿cuál es la salida? – le imploramos a esa consejera.
- La inacción. No hagas algo porque “lo debes hacer”. Vive. No imagines, observa. No te tortures, acaricia tu alma con la certeza de ser útil al universo, con el sólo hecho de vivir en armonía. Eso es más importante que cualquier logro en las tareas humanas. Tiene la gratificación de sentirse a gusto con lo que va sucediendo. No esperes premios, ni aprobaciones, ni ayudas, ni consejos, ni que te comprendan. Deja todo en manos de tu consciencia y de Dios.
- Pero, yo quería escribir el gran cuento. Una obra creativa original. Única en el mundo. El relato maestro… y mi consciencia está ocupada ahora en filosofías que ya conozco. ¿No es una contradicción?
- No. Es algo contra la adicción al éxito. A veces, triunfar es no hacer nada. No reaccionar ni con dolor ni con resentimiento ni con venganzas.
Dejarse fluir es lo más sabio. Suelta las amarras que te atan a lo acostumbrado, a las que te han (y te has) impuesto y verás cómo cambia tu sentimiento de este momento y para siempre.
- Entonces, no tengo que escribir. Renuncio a mi profesión y a mi vocación y a mi talento. ¿Qué me queda? ¿Me pongo a mirar las flores del jardín? ¿A pensar que todo está en su lugar? ¿Y que tengo que cruzarme de brazos mientras mi lugar lo ocupa otro?
- Nadie, nunca, nada… ocupará tu lugar. Sos único e irrepetible. No te compares, no te separes tampoco. Vive y siente. Siente y eso es vida. Haz lo que sientas gozo y alegría en hacerlo. Ahí está la gran clave.
- Si entendí bien… No tengo que preocuparme, ni siquiera ocuparme por forzar una idea. ¿Es eso?
- Tal cual. Y verás como se desploman las paredes de tu encierro. Así serás libre y podrás expresarte sin palabras, como hoy.
- Entonces, cierro el cuaderno de apuntes, guardo el bolígrafo y no escribo nada. Ni siquiera el título.
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