TODO EL TIEMPO ES EL DÍA DE LA MADRE
18 Oct 2009

“Nos hacen distintos. Nos cambian la manera de sentir y creemos que seguimos eligiendo. Nos deforman con el consumismo”…
Pero hablar así, me suena a excusa, a querer librarnos de la culpa por nuestra propia inconsciencia. ¿Por qué seguimos planteando razones escapistas como éstas? ¿Por qué cuando se murieron todos los “chivos expiatorios”, empezamos a criar “ovejas excusadoras” (si me aceptan la metáfora)? Somos ingratos. Nos tapamos de símbolos para no ver la realidad. Creemos quedar en paz con la conciencia si corremos, a último momento, a comprar algo para regalarle a mamá, porque es su día. Sólo porque se estableció que es el tercer domingo de octubre. ¿Quién pudo minimizar así su imagen y reducirla a un día en el año?. Si ella está siempre, hasta cuando no puede. Si ella corre todo el tiempo y previó (mucho antes) lo que necesitábamos o vamos a necesitar mañana. Y no sólo salió disparada como un cohete cuando (a última hora del día) le decíamos que nos faltaba, por ejemplo, un mapa con división política de Argentina, para completar la tarea escolar. Si todo el tiempo fue, es y será de la madre. En todo momento parece ser la única que tiene tiempo, fuerza y ganas para sostener a su familia. Es la mayor productora de milagros, casi un robot humano sobre este mundo. La única capaz de resolver todo, con lo que tiene, la más hábil inventora de recursos, aunque las piernas no la acompañen, tenga sueño o esté triste. ¿Cuándo lo vamos a reconocer y respetar?
Pero, claro, somos hijos, un rol menor -nos justificamos- y le compramos una cosita bien envuelta, agregando una tarjeta que diga “Te quiero mucho, mamá”… y ya está. ¿Ya está? ¡No está nada! No retribuimos ni un uno por ciento, con eso. Sólo buscamos no quedar en falta. Lo que sí está y muy claro, es que somos animales de costumbre. Nos auto engañamos siguiendo al rebaño ciego por las convenciones. Nos preparamos un escenario pomposo, donde no sentirnos tan vacíos o miserables.
Y sí, ya sé que no gusta aceptar esto, que muchos no van a querer leer o recomendar esta nota. ¿Crees que a mí me gusta escribirla? No. Me duele. Me hace pensar. Me da un poco de vergüenza. Me muestra desnudo. Me invita al cambio. Pero, a veces, puede ser tarde… como en mi caso. Los años no esperan a los lentos. La vida es dinámica y cierra ciclos. Ya no puedo decirle: “Perdóname, mamá, no te comprendí durante el tiempo que estuviste conmigo.”
Ahora la casa está más vacía. Tiene un silencio distinto, aunque yo la tape de ruidos electrónicos. Cambió la música del amor, de su risa. Ya no la escucho a ella, la más sublime de las orquestas. Hacía una sinfonía con los cacharros de la cocina, o llamándome para que le alcance el escobillón. Ese compañero de rutinas que, en el apuro, se olvidó en el fondo de la casa, cuando corrió para que no se volcara la leche.
Ya no la tengo revisándome las orejas y el cuello, para ver si me duché bien, y el otro cuello, el de la camisa, para comprobar que no esté sucio o desplanchado… ¡Ay, mamá. Ay, querida mujer, incomprendida! Hoy quisiera que todos te reconozcan, que te respeten, más allá de un festejo, con un sentimiento auténtico y mucho más profundo que invitarte a comer fuera de casa para que, hoy, en “tu día”, no cocines…
Yo soy un tonto soñador, un iluso pensador, un aprendiz de filósofo, que sigue esperando un mundo donde nos volvamos a encontrar con la piedad, con la compasión… con los valores esenciales, esos de los cuales tanto hablo en mis libros, pero que se vendieron al mejor impostor en este tiempo…
Aunque, alguna campanita sonó en mi corazón y me recuerda que tengo que empezar por mí, no por los demás. Ahora, tuve ganas de decirte, sinceramente, y de la única manera que uno se puede comunicar con Dios y con la Verdad: -”Gracias, mamá, por lo que me seguís dando como guía, porque todavía… ¡me falta aprender tanto!. Pero hoy, reconozco, de todo corazón, que gracias a tus principios, a tus retos, a tus enseñanzas, soy este buen tipo. La persona que, esencialmente, querías lograr de tu hijo. Aunque siga siendo muy torpe en tantas cosas, y a mi pesar. Porque no te reclamaría nada, jamás. No me faltó tu mano protectora, ni tu consejo, ni tu palabra clarificadora. Mis calvarios fueron y son mi obra. Lo que sufro es siempre por mi elección, por lo que decido a cada instante de mi vida y me debo hacer cargo si me equivoco. O no. Tal vez no sea un error, y sigo aprendiendo por el camino del dolor, aunque muchas veces lloro. Y me purifica. Cuando me siento débil, vuelvo a tomar tu estímulo, canto y me recupero. Porque no recuerdo que hayas llorado delante de tus hijos, pero sí te sentí hacerlo de impotencia, cada vez que no podías evitar que la vida nos lastimara con su realidad.
“Gracias”, te podría decir. Y estaría cayendo en una convención. Por eso te digo otra cosa: “Que Dios te cuide y te haga mucho más feliz, allí en su Gran Casa, que lo poco que nosotros, tus hijos, supimos hacerte en el hogar de la Tierra. Yo no crecí tanto como esperabas, perdóname. Sólo me hice hombre. Y qué poco puede ser eso si no reaccionamos y nos volvemos al ser interior…
Está bien, dejo de pensar, voy a mirar el sol y sonreír, mientras me pongo a hacer la mayor de las tareas, la que no me pide ningún colegio de este mundo: Venerarte. Decirme -a mí mismo- que todo el tiempo es el día de la madre. Y firmo esta declaración de honestidad, simplemente con una palabra, así, como me llamabas y me sentías:” Oscarcito.
Leave a reply
You must be logged in to post a comment.