DIOS PROPONE Y NO DISPONE
23 Oct 2009
El día que no nos excusemos más con frases hechas, tal vez empecemos a despertar.
Una de las máximas o dichos más comunes, que escuché durante toda mi vida y hoy descubro que está al revés, es el que dice: “El hombre propone
y Dios dispone”.
¡Qué desilusión se van a llevar muchos, como yo, al descubrir con la experiencia del conocimiento (al servicio de la sabiduría), cuando le digamos que la verdad es a la inversa!
Paso ahora a desarrollar mi humilde descubrimiento, pero tendrás que disponerte a comprenderlo.
Dios sólo propone, no exige ni obliga, ni manda, ni castiga, ni premia, ni dispone. Dios sólo ofrece, tan ampliamente, que no pone condiciones en virtud de su absoluta generosidad. La más sublime que se pueda concebir. Te deja ser. Me deja elegir. Nos podemos desviar de “su” camino, ya que en definitiva Él no lo marca ni lo tiene. Ya está en su lugar, no avanza, no puede progresar, no lo necesita, no tiene que evolucionar -como nosotros- para abrir su conciencia. Él es todas las consciencias en una. A Él no se lo puede ofender, ni agraviar, ni lastimar. Está más “acá”, que el alcance de nuestra agresión. No dije “más allá”, porque lo ubico dentro de tu ser, de mi ser, integrando mi alma, nutriéndome desde el núcleo.
No hay que confundirlo con los alimentos materiales, que sí sostienen la vitalidad orgánica y muscular de nuestros cuerpos. La vida es un don inmaterial. Es de naturaleza divina y se manifiesta en lo espiritual. No se sostiene por lo tridimensional que le adosemos. Entonces, con un pequeño esfuerzo, no vamos a rechazar la idea que te acabo de plantear. En un instante de humildad y autocrítica sincera, la vamos a establecer como guía. La tendremos en un cuadrito para verla cada día y hacernos cargo de nuestras elecciones:
“Dios propone y el hombre dispone”.
Esa es la verdad del dicho popular. A Dios no le preocupa ni le afecta, ni lo molesta que hagas lo contrario. ¡Qué vida triste tendría si dependiera de nuestras conductas o fidelidades a su autoridad!
Para comprender mejor el concepto o idea de Dios, lo podríamos imaginar como la Totalidad, sin etiquetas, sin preconceptos, sin condicionamientos… y estaríamos más cerca de su Verdad incognoscible. Pero siempre nos ha resultado más cómodo buscar causas externas. Decimos con demasiada frecuencia que “no nos quieren, no nos ayudan, nos ignoran”… sin notar que todo eso -y mucho más- es lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos. Por herencias culturales, mandatos religiosos, obediencias ciegas a conceptos ajenos y desde la concepción mental que hemos adoptado, creemos ser lo que no somos.
Dios propuso, pero nunca dispuso nada. No está en sus planes manejar tu vida, ni hacerte a su imagen y semejanza. ¿Cómo podría? Si no tiene imagen ni semejanza con nada. Hemos vivido siglos adjudicándole rostros, barbas, nubes como domicilio, y lo que es peor, ser la causa de nuestras frustraciones. Tal vez por su supuesta distracción y olvido tarda tanto en ayudarnos. No nos tiene que ayudar, tenemos que ayudarle. A cuidar la paz, a cuidar el amor, la armonía y la belleza de la casa terrenal donde vivimos. Todo es tan nuestro como de Él y le estamos ensuciando el “patio”, donde debiera disfrutar satisfecho, viendo feliz a su Creación.
Pero Él está a salvo de nuestras ignorancias y mezquindades. Nada de victimizarnos ahora y sentirnos como los despreciables e indignos que fuimos castigados porque no lo respetamos. Empecemos por reconocernos a nosotros mismos como partes del mismo Bien y el mismo Amor que buscamos (infructuosamente) afuera (y por eso no nos llega). Finalmente, te sugiero (me cuesta decir aconsejo, porque a mí tampoco me sirven los consejos si no cambio por mí mismo), decía… te sugiero que empieces a ver la vida desde el otro lado, como una imagen reflejada en el espejo. Hagamos así, incluso, con las enseñanzas supuestamente espirituales.
Y a empezar a disponer, decidir, y elegir diferente. Verás, con enorme satisfacción, cuánto más y mejor es lo nuevo que Dios te propone… y la más valiosa de sus ofertas: ser parte de la Totalidad. No hay nada más, ni allá ni acá. Te lo aseguro.
