ACOMPAÑAR Y GUIAR, NO ACONSEJAR
01 Nov 2009

Este último tiempo me estoy dedicando a revisar antiguos hábitos, costumbres, rutinas, condicionamientos y todas las cadenas externas que hicieron que el hombre siga preso como está. Y no libre como debe ser.
En el terreno específico de los amigos, seudo amigos, conocidos, colegas y hasta profesionales, encontramos uno de los más frecuentes errores de comprensión respecto del semejante: el consejo.
Nos creemos infalibles o manuales del correcto accionar. Para todo lo que nos cuentan, tenemos una solución. Y además, la enfatizamos y la repetimos, como si fuéramos los únicos sabios del Universo. (Sí, me incluí, no te enojes todavía… que la nota recién empieza. Seguí leyendo)…
Doy un ejemplo. Cuando nos encontramos con alguien que sufre un momento difícil, ya sea emocional, laboral o de cualquiera de las facetas existenciales de esta vida, allí, inexorablemente, empezamos a aconsejar. Antes de analizar, con el alma y desde el corazón, lo que le ocurre a esa persona, nuestra cabeza, con su mente inquieta y hasta desquiciada, emite un consejo. Y él no lo pidió. Lo que realmente necesita ese ser que está sufriendo, es compañía, ser escuchado y más contención afectiva. Pero también silencio, para pensar por sí mismo, y no para aturdirse con las ideas atropelladas del supuesto erudito en el que nos erigimos.
Si por ejemplo nos relata que está triste porque no soporta la soledad, lo contraatacamos con la idea de que debe estar sólo largo tiempo hasta que se reencuentre con él mismo y recién entonces, podrá pensar en una compañía. Otro error paradojal: Es cierto, pero no le sirve. Es sensato, pero no le mejora su sentir. Porque quien está mal no está en condiciones de ser sensato. No puede escuchar impasible una idea que es (o al menos suena) opuesta a lo que busca. No lo estamos ayudando así. Le estamos sumando confusión y otra herida innecesaria.
Lo mismo ocurre cuando esa persona nos relata sus dudas antes de hacer un determinado negocio, o viaje, o tomar una decisión en su vida económica. Solemos decirle: “Yo, en tu lugar, haría esto.” Y es otra mentira o grave error. Primero, porque no estamos en su lugar, y segundo, porque ya hemos probado la cantidad de veces que hicimos lo contrario a lo que nos convenía. ¿Cómo podemos ponernos en jueces y darle un veredicto, más que un análisis piadoso?. Y con frecuencia agregamos: “Lo que pasa es que vos sos así, no pensás antes de actuar, no ves el peligro, no te das cuenta de cómo es esa situación.”
¡Obvio! Si se diera cuenta y no fuera así, como es, no estaría pasando por ese sufrimiento. Encima recibe el cachetazo de nuestra crítica, enmascarada en definición subjetiva como si fuera justa. Y le repetimos que la debe escuchar porque es nuestro allegado, el que más nos quiere y nosotros deseamos ayudarlo de la mejor manera.
Mentira. Seguimos hablando “desde la vereda de enfrente”. Vemos a la izquierda lo que puede estar a la derecha. Si alguien nos quiere no nos contradice, nos guía, nos orienta para salir del pantano, pero no nos juzga, ni minimiza nuestro sentir. Nadie está en el corazón del otro, para evaluar el dolor emocional. Es muy fácil “aconsejar” sobre cómo se pesca en el magro río, si vivimos en la abundancia del océano. El que tiene algo resuelto o en su haber, no ve igual la carencia. El saciado nunca termina de entender el hambre. Quién está feliz, no se impregna de la tristeza del solitario.
En otras palabras: si queremos dignificar nuestro lugar en este mundo, y justificar espiritualmente la razón de estar cerca de alguien, empecemos por revisar todos los errores que cometemos en la misma materia que –suponemos- podemos aconsejar a otros.
Y ahí, si tenemos un mínimo de honestidad, nos tendríamos que callar la boca, tomar de la mano a quien nos necesita cerca y escucharlo. Sólo escucharlo. Hacer un respetuoso silencio ante su verdadero dolor. Para responder luego con una acción.
La mayoría de las veces, sobran las palabras. No hay que agregar nada. Aquí tampoco.