Si hay temas controvertidos por excelencia, como la religión y la política, uno de ellos tiene su epicentro en la psicología, por la utilidad o el perjuicio que produce.
Muchas veces, al empezar una terapia clásica (basada en Freud, Lacan, Gestalt, etc.) no prevemos el daño o dolor que implican algunos de los recursos de ese tipo de análisis, en manos de profesionales que no sean idóneos y serios. Hay muchos que desvirtúan a la profesión y pueden desacreditar a los buenos psicólogos, que aunque son pocos, los hay.
Por ejemplo, lo que no me parece bueno, es el revivir situaciones o hechos del pasado, que son absolutamente irreversibles, con la supuesta intención de buscar el origen o comprender el por qué se sufre en el presente.
Y es muy simple, el conflicto no siempre viene de atrás. La causa recurrente puede estar realimentada en el hoy.
Un hombre mantiene conductas por años, y otro cambia a cada minuto. No sienten igual, y reaccionan distinto ante el mismo estímulo.
Yo tampoco seré el mismo al terminar este pensamiento. Estará en mi pasado y habré cambiado algo por muy sutil que sea. Pero será gracias a mí, a la capacidad de adaptarme, sin sufrir, a mi decisión de entender la maleabilidad de la vida, su condición de imprevisible y no por obra o castigo de “Dios”.
Soy yo quien determina, arriesga, decide, desecha o acepta y actúa… sin imposiciones divinas. A nadie puedo reclamarle, entonces, por los errores de mi vida. Soy tal cual soy. Y me alegro por eso. Me quiero más. Me hace bien.
¡Claro que me enfrenta con el mundo!, ¡Por supuesto que tendré opositores y detractores! Se podrá enojar más de un licenciado/a que tenga más conflictos que sus pacientes. Pero, me tiene sin cuidado. Es el costo que asumo por ser frontal, y usar mi libertad de expresión. No quiero quedar siempre bien con los demás, echando mano a la vieja hipocresía de ser más diplomático y no molestar con la verdad o perjudicar los intereses de ciertos núcleos del poder. ¿Poder? Ese poder es relativo. Pueden si uno deja que nos puedan. Están afuera. No integran nuestro ser. Sólo tratan de condicionarnos, (y ya no lo permito.)
Si a esta altura de la nota, estás pensando que soy soberbio, rebelde, inconformista, reaccionario, desinformado, te digo que no, que soy honesto, y sé bien de qué hablo. pero está bien que lo pienses. Es tu derecho. En todo caso, convengamos que me manejo distinto. Dije distinto, no mejor. Mi escala de valores es otra y no tiene por qué coincidir con la de nadie. De lo contrario no sería mía (y es un derecho que no cedo ni negocio, jamás.) Tampoco te serviría como referente, para ver desde otra mirada lo que te puede doler de este momento. Todos estamos creciendo. Y todos tenemos resultados negativos con algún emprendimiento. Pero yo no diría que nos equivocamos. Usamos un método que no funcionó. El método, no nosotros. Seguimos siendo capaces de un nuevo intento. Siempre. Asimilando lo aprendido, se aprende. No se trata de sumar conocimientos, sino de ampliar la sabiduría.
Igual inutilidad encuentro en nuestro pensar que mañana seremos felices. Ese mañana no existe, murió en simultáneo con el pasado. Jesús, con otras palabras, decía algo muy sabio al aconsejar. “Dejad que los muertos entierren a sus muertos” y se refería a abandonar el pasado. Que se disuelva en su propia inutilidad. En su lugar, aunque muy efímero, disponemos del presente, por eso es a la vez, tan maravilloso. Por la brevedad, como el arco iris. Un tiempo mutante, pequeño, que no acepta dilaciones. El presente es una oportunidad renovable, sin margen para el error. Sólo disponible para sentir y vivir en armonía con nosotros mismos el ya, el aquí y el ahora.
Una causa frecuente, de las tantas frustraciones que llevamos al diván del analista ortodoxo, limitado por los libritos que tragó en la universidad y no puede abrir su cabeza más allá de lo establecido(muchas veces, esos “eruditos”, son otros desajustados que no encuentran su propia salida) y creen señalar la mejor para el paciente. Me decepcionan. Pero se puede evitar, moderando o anulando la expectativa que uno lleve a la consulta. Hay excepciones, por supuesto. Y tal vez sean más los honestos, pero yo hablo de los chantas. “A quien le quepa el sayo que se lo ponga”. Los demás quedan indemnes. Y por respeto y ética, jamás daría nombres ni de individuos ni de instituciones.
Por otro lado, solemos esperar que las personas que nos rodean (pareja, hijos, amigos, compañeros, elegidas o aceptadas siempre por nosotros), hagan, digan, piensen o reaccionen como nos gustaría. O cómo soñamos, necesitamos o se nos antoja que debieran actuar para estar bien. No es algo externo, lo que nos duele. No son ellos los que nos amargan la vida, somos nosotros, por ignorancia o egoísmo. Los demás no tienen ninguna obligación de responder a nuestras ilusiones. No están en este mundo para satisfacer nuestros sueños. Ellos vienen a vivir su propia historia, cómo les plazca, como puedan, como sientan y elijan. Está bien. Siempre está bien. Sus errores son su escuela. No los dejamos equivocarse, y les quitamos una experiencia que les sirve para crecer. Siempre estamos levantando el dedo acusador. Les imponemos (directa o sutilmente con nuestros enojos) normas, costumbres, anacronismos. Todo para mantener cierto control sobre su vida. Y somos más injustos cuando luego decimos que nos falló, o no cumplió con lo prometido, que creíamos que nos quería más, pero no tenemos en cuenta que es nuestra vara la que mide. El otro es como es o quiere ser. No tiene la obligación de hacernos felices, ni de estar siempre disponible o de buen humor. Ni mucho menos, adaptarse a nuestro proyecto. Es independiente. Único. Libre. Sí, libre, aunque esté de novio o casado o vinculado sentimentalmente con alguien. Me refiero a la libertad irrenunciable de decidir, de actuar por sí, por lo que cree. Y no quiero decir con esto que puede dañar al otro. Ni usurpar sus derechos, ni obligar a nada. Hablo de la absoluta individualidad del ser interno. De su esencia, la que no se debe contaminar con el entorno.
Una persona que tiene conflictos hoy, puede encontrar un causal anterior, pero no sale de su crisis por eso. Sólo aliviará su existencia en la medida que viva en el presente.
Seré más explícito y aclaro el concepto, antes de escuchar el aluvión de defensores de esos profesionales. No pretendo crear debates ni polémicas ni tener razón ni cambiar tus ideas ni tu vida. Nada de eso me hace falta. Yo hago mi vida, vivo como siento y pienso como quiero. La opción que ofrezco (en estas notas) es salir del encierro de la ignorancia impuesta desde afuera. Es muy distinto no conocer algo por falta de estudio, a recibir un mandato social de una sociedad más enferma que uno mismo. ¿Está claro, no?
He comentado en otras reflexiones, que mi postura, convicción o crecimiento (si lo preferís etiquetar así) me hace hablar con absoluta propiedad, aún a sabiendas que saldrán a combatir mis ideas unos cuantos desinformados o ególatras. Esos que creen ser los portadores de la “verdad” y viven en un propio caos que los envenena. Antes de recurrir a cualquier analista, mírate por dentro. Casi seguro que no lo necesitás. Ahí está la solución. Nunca llega de afuera. Muchas veces, dejamos de vivir…cuando la psicología envenena el presente.

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