CÓMO APAGAR NUESTROS INFIERNOS
14 Ene 2010
En casi todas las religiones del mundo y a través del tiempo se fue utilizando, de una u otra forma, la misma idea del castigo que suponía ir derecho a una condena por nuestros actos indebidos y, en el peor de los casos, ser confinados a la eternidad del infierno.
Pero, aquí, voy a echar por tierra a muchos de esos temores aportando, simplemente, una mirada más cercana al zen, más compasiva con el pobre hombre que habita en esta Tierra material, triste y densa, pero que, a la vez, puede ser paradisíaca, sutil y espiritual, si lo decide.
Aquí vamos a desenmascarar al monstruo y su amenaza de Justicia Divina sobre nuestros actos, para instalar la libertad del ser que puede alcanzar su propia justicia, inclusive la iluminación.
Todo infierno es auto creado y fruto de nuestras acciones actuales. Ya es tiempo de olvidar viejas “deudas” karmáticas, y vivir sin el peso –insoportable- de la mochila de vidas anteriores. La única vida que merece ser disfrutada y respetada como una fiesta es la actual. Dejemos, con verdadero agradecimiento, a esas enseñanzas, pero ya obsoletas, aunque nos hayan servido para el primer despertar. Todo vale si llega en su momento y lugar justo. No importa ya si naciste en una familia pobre o rica, musulmana, cristiana, judía, católica, y el sin fin de ideas religiosas que hayan impregnado tu vida en la niñez. Cuando empiezan a “educarnos”, perdemos siempre la pureza del ser sin etiquetas, sin identidad, sin preconceptos, sin condicionamientos. Ese que éramos antes de nacer en este plano corpóreo.
Siempre que ampliamos la conciencia hay una puerta más ancha que se abre para liberarnos de prisiones o ampliar el espectro de luz y salir del estrecho túnel donde estábamos agonizando en nuestra propia cárcel.
Siendo más preciso y puntualmente, con el motivo de esta nota, te recomiendo eliminar el miedo, mediante el simple método de reconocer tu propia divinidad.
No hay Dioses Mágicos fuera de ti. No hay Salvadores Celestiales, más que tus propios cambios hacia el crecimiento. Nadie ni Nada hacen lo que tu dejes de encarar por tu propio bien. Entonces, borremos de nuestras tarjetas de presentación todo cargo, especialidad, profesión o limitemos su uso a lo estrictamente específico, porque si vas a comprar pan no vayas como ingeniero, intendente o profesor. Ve como un hombre común que debe alimentar su cuerpo físico, sin descuidar el sustento más sutil, pero tan imprescindible que necesita el alma. Y el ser esencial existe sin su profesión. El ser verdadero es tu paz, tu verdad desnuda, sin moños, tu naturaleza sabia, sin el agregado del intelecto impuesto por las aulas.
Los infiernos son el espejo de nuestras ignorancias. Pero no hablo de falta de conocimientos técnicos o del orden educacional, sino de la ignorancia de quienes somos.
Y aquí, llega otro gran conflicto: No aceptamos que el único Dios posible, si queremos seguir recurriendo a Él, somos nosotros. Lo tenemos incorporado en la chispa divina, la que también le da vida a la flor, al pájaro, a las nubes. Todos somos Todo. No hay separación en la Creación. Hemos roto la unidad para creernos diferentes o mejores. Y seguimos iguales o peores. Basta ya de leer lo que no nos eleve. Y basta ya de creer que nos elevamos leyendo mil libros de maestros espirituales. Sólo apagaremos nuestros infiernos, con el agua fresca de nuestra naturaleza divina, en función de la experiencia terrenal que vinimos a encarar: Llegar a ser compasivos y no sólo bondadosos, serenos y no reprimidos, veraces y no sólo creíbles… Ahora, te dejo la propuesta. Yo voy camino a esa liberación… ¿Me querés acompañar? (No dije “seguir”, ¿te diste cuenta?) Ah, entonces, vayamos juntos… ahora suena mejor. Ya estamos más alineados con la existencia. Sigamos que falta mucho por hacer.
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