Si quisiéramos hacer un relevamiento de todas las culturas, incluyendo las creencias y formas de educación que se impusieron en las sociedades de esta Tierra, debiéramos remontarnos al Hombre más primitivo y empezar por ahí.
Pero me quedaré más cerca, aquí nomás en el tiempo, unos doscientos años es más que suficiente para esta reflexión.
Nacemos puros, inocentes, divinos, en blanco. Sólo con los condicionantes genéticos o étnicos de la familia a la cual llegamos. Pero no traemos una religión ni una creencia con base en una teología. Nos la imponen en cuanto pueden. Nos dicen qué cosa está bien y qué está mal. Nos indican qué pensar, como vestir, como sentir…
Y aquí va mi primer pregunta molesta: ¿Desde qué patrón de sabiduría o conciencia? ¿Quién puede erigirse en maestro absoluto de un hijo que procrea, si él mismo no puede con su vida? Nos empiezan a empañar el espejo, vemos reflejarse cada día menos de nuestra esencia divina. La que nos trajo a este mundo para hacer una experiencia individual, aún sabiendo, antes de nacer, que integramos un Todo Absoluto, donde cada partícula de un ser, puede repetirse idéntica en otro de otro género. Los átomos que forman las células de un vegetal son de la misma lista de elementos químicos y físicos que los del hombre. ¿Acaso hay diferencias entre el oxígeno que respira un oso y el que da vida a un hombre? Un príncipe y un sapo están hechos con los mismos átomos. Agrupados en moléculas y formando células y tejidos, cada vez más complejos, hasta constituir un órgano o todo un sistema, pero no son de distintos materiales.
¿Qué nos enseña esto? Que desconocemos el mayor porcentaje de nuestro origen. Apenas podemos inferir que nos han “creado”… y ahí empieza otra serie de deformaciones psicológicas. Mi Dios parece que no es tu Dios. Mi ateísmo se contrapone a tu teología. A mi destino lo armo yo, y el tuyo está impuesto o viceversa. Pero nuestro ser interno era y es el mismo. No desapareció. Se fue perdiendo, escondiendo, deformando, disolviendo y olvidamos nuestro ser potencial. Todo el abanico de posibilidades queda reducido a un oficio, una profesión o un cargo. Nos convertimos en matemáticos, escritores, bailarines y el resto de las experiencias se anulan. No nos animamos a cantar si somos abogados. Queda mal. No nos permitimos jugar, como niños, si somos respetables señores de negocios internacionales. Y se nos muere la alegría. Y perdemos el sentido más bello de la vida que es gozar. Disfrutar, aprovechar, compartir, regalar son verbos maravillosos que a cada minuto nos propone la existencia en concordancia con ella y no en contraposición a su magia de impredecible. Queremos ser reyes, dioses, pero mal entendiendo este privilegio, sólo para dominar, establecer de antemano, tener todo previsto y calculado. Y la vida no se deja sobornar por nuestra ignorancia o nuestra ansiedad. La vida hace, es, continúa, fluyendo siempre libre.
Dejemos por un rato a la cabeza con su locura. Escuchemos en el silencio del corazón, el grito desesperado que nos pide rescatarnos. Y se abrirá un portal de luz infinito y el hombre volverá a ser uno con su esencia divina, como siempre. Como fue desde antes de los filósofos, esos grandes pensadores que creyeron que hurgar en las suposiciones, los ayudaba a descubrir la Verdad. Y la Verdad es un misterio imposible de conocer. No la supera el pensamiento ni la razón del intelecto. Entonces, seamos más inteligentes. Volvamos a la Fuente que nunca se agota. Nosotros la secamos al no utilizarla como un reservorio imperecedero del amor y la unidad.

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