Solemos usar muy bien la mente cuando se trata de resolver un cálculo matemático o razonar sobre algo concreto. También para entender el mecanismo de un sistema, la relación entre dos objetos y una situación teórica, pero se vuelve un gran peligro cuando están incluidos los sentimientos. Allí es donde puede volverse una herramienta peligrosa y nuestro enemigo. Nos acosa con ideas pesimistas, elucubra lo que puede llegar a pasar, con cinco jugadas anticipadas, al estilo del ajedrez, y todas teóricas, sin fundamento lógico, para quedarse luego en la incertidumbre. No es bueno dejarla actuar por su cuenta. Hay que ponerle algún límite, reprenderla cuando sea necesario, no dejar que se convierta en la dueña de nuestras decisiones. Tiene que estar a nuestro servicio y no ser nosotros rehenes de ella. Vivimos mucho en la mente, por la mente y a través de su mandato, pero es hora de tomar en cuenta esa limitación. Debemos cultivar el uso de la consciencia que es independiente del cerebro, del crisol donde se forjan las más descabelladas ideas y miedos. Estar pensando tres días antes qué vamos a contestar, en la entrevista del próximo lunes, si nos dicen tal o cual cosa, es absolutamente inoperante, perjudicial y hasta motivo de angustia, cuando en realidad lo que debemos hacer es relajarnos y dejarnos fluir. La respuesta llegará en su momento, desde otro nivel y será la adecuada. No sirve prever cuando no sabemos con qué nos encontraremos. Tal vez esa persona hable de cualquier otra cosa y nos sorprenda. Ahí, veríamos lo inútil que fue llevar un modelo anticipado de cómo será el diálogo. Lo mismo ocurre en la relación de pareja y los celos, el temor por la salud, los hijos y en todo contacto con el mundo exterior. Vivamos en el hoy. El mañana traerá sus propias soluciones. La ansiedad nace en la anticipación. Y ella es la causa de las depresiones, tristezas y miedos. A la mente hay que darle vacaciones de tanto en tanto e irla reemplazando por la inteligencia. ¿Cuál es la diferencia fundamental? La inteligencia resuelve, la mente especula. No hay mucho para elegir. Yo me quedo con la primera.

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