Vivimos anestesiados, confundidos, perdidos en un desierto inexistente.
Nos vamos anulando sin habernos desarrollado.
Nos sentimos tristes por no comprender la causa de nuestras tristezas.
Nos perdemos lo mejor de la vida, esperando que la vida nos de lo mejor. Y es tan fácil. Es tan simple cuando uno descubre por donde se le filtraba la felicidad y caía al suelo sin recupero, como arena en saco roto.
La alegría, puede ser una circunstancia, la paz pueden ser momentos, pero la plenitud puede estar en todos los minutos que estemos conscientes.
Y aquí está el “quid”, la cuestión, el error que cometemos: Nos ignorarnos a nosotros mismos. Por eso, desde hace tantos años, suelo pedirle a la gente (que me lee o va a una de mis conferencias), que tome en cuenta algo que me enseñó la vida y, muchas veces, es mal interpretado: la primera persona que Dios, el Universo o la Existencia (como quieras entenderlo) puso a nuestro cuidado es a nosotros mismos. Nadie hará lo que dejemos de hacer por nosotros. Aunque nos quieran. Aunque se “desvivan” por hacernos felices. Porque ese estado sublime, sutil, etéreo, poco conocido, de ser felices, es un resultado de nuestras propias atenciones. Y cuando digo “atenciones”, no me refiero a hacernos cumplidos, sino que hablo de atendernos, de tenernos en cuenta, antes que hacer algo por los demás.
Y uno de los puntos fundamentales es despertar a la magia de la vida, al estado consciente. Despertar significa no seguir somnolientos, y viendo borroso a través de la bruma que el entorno quiere ponernos delante de los ojos. Abrir la consciencia es estar consciente en todo momento. Y esta es la gran clave de la iluminación. Un privilegio que parece difícil de alcanzar. Y no lo es. Tampoco es una rareza de los sabios o Maestros Ascendidos. No hace falta ser un Jesús o un Buda para obtenerla. Es el fruto de nuestro propio estado de Gracia. ¿Se va entendiendo?
Dejemos de escuchar lo que no nos gusta escuchar, alejémonos de las personas negativas, pesimistas, depresivas, para preservar nuestra energía. Y una vez renacidos, recuperados, bien parados frente al destino, las circunstancias y las pruebas de este plano, entonces, sí, dar lo mejor al otro: Ayudar, orientar, acompañar, brindar amor. Nadie puede hacer una obra maestra (con su vida) si todavía no descubrió su propio talento. Siempre somos capaces. Sólo que estando dormidos, se nos seca la pintura frente al lienzo virgen. Se nos enmudece la lira y no damos el concierto. Y se nos apagan las luces del escenario donde podríamos hacer la mejor de las obras como actores de nuestra propia historia…
Ahora sí, ya compartí esta reflexión y me siento mejor.
Te propuse despertar a la magia de la vida, y tal vez podamos caminar juntos el resto del sendero. Avísame cuando estés listo/a que yo quiero preparar el desayuno, con los mejores sabores del privilegio de vivir. Esos deleites del alma que no siempre sabemos untar en las tostadas de cada amanecer.

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