DIOS COMO AMBIGÜEDAD SICOLÓGICA
07 Feb 2010
Empiezo advirtiéndote que esta nota no es fácil. Ni para vos ni para mí.
Por eso te aconsejo leerla despacio. Analizando el sentido profundo, sutil e indirecto de las frases. No te quedes con la interpretación obvia y convencional de las palabras. Fíjate qué te provoca, qué te molesta, qué te invita a cambiar, donde nacen tus dudas y se asientan tus convicciones. Allí está la utilidad de esta reflexión.
Nos han educado en base a mentiras o al menos, creencias no comprobables, por eso son creencias y no conocimientos.
Si sabemos no necesitamos creer. Pero lo más nocivo que nos ocurrió fue dar por cierto aquello que era una simple herramienta del manejo de otros sobre nosotros. Nos inculcaron la idea de Dios. Por herencia, costumbre o inercia cultural. No nos dejaron encontrar la divinidad por nuestra cuenta. Nos dieron imágenes de santos para venerarlos porque sí, porque alguien dice que son santos. Y nos fuimos durmiendo. Dejamos de ser individuos para caer en una definición ambigua, inexistente, metafórica: integrantes de una sociedad. Y es una gran mentira. No integramos más que la existencia. No somos parte de ninguna agrupación humana, salvo de la humanidad que es otra cosa.
Los sacerdotes, los maestros, los profesores, los padres, nos fueron condicionando, alienando, encegueciendo y terminamos así, como estamos. No fue por mala voluntad en todos los casos. Fue el resultado de sus propios límites frente a la sabiduría. Y ahora no sabemos quienes somos. Estamos desdibujados, perdidos, desorientados, temerosos, e incapaces de ser nosotros mismos. Y lo peor, llenos de culpas. Culpa por pensar lo que no se debe pensar, culpa por sentir deseos que no debiéramos sentir, culpa por no rezar tantas veces las oraciones como se nos dijo que debíamos hacer para congraciarnos con Dios.
¿Cuándo lo pidió ese tal “Dios”? ¿Quien puede asegurar su existencia sin caer en el mito de la fe, de las creencias, de las ignorancias espirituales?.
La idea de Dios sólo le sirve a las religiones, no al hombre.
La única divinidad posible es interna y está en el Todo. Habita en nosotros como esencia, en nuestro ser inmaterial, que antecede y prevalece a este cuerpo físico que nos alberga. El autoengaño de dejar en manos de Dios lo que no queremos enfrentar, parece quitar la responsabilidad de hacernos cargo de nosotros mismos. Pero es lo que más nos condena. Quien se acomoda a lo fácil, y prefiere rezarle a ese tan famoso Dios todopoderoso, antes que prepararse y buscar el conocimiento que lo saque de su necesidad, seguirá huérfano de la Verdad y en la noche eterna de la ignorancia. No son los supuestos dioses, los encargados de cuidarnos. Somos los hombres concretos los que nos tenemos que protegernos, incluso de los dioses supuestos.
¡Tranquilo, vamos bien! No te asustes con las ideas subliminales. Estas son las más útiles para romper esquemas, y desligar las ataduras ancestrales que nos limitan para crecer.
Y crecer no es cumplir años encarnado. Crecer es aceptar y disfrutar la vida, sin tratar de entenderla. Dejándola fluir, aceptando lo que llega con la misma alegría y paz que lo que se va. La vida es el cambio permanente. Nada tiene que permanecer estático, sería algo muerto. Ni la alegría ni la pena deben ser eternas. Ni la abundancia ni la carencia se tienen que establecer, fijas, en nuestros días. Si lográsemos equilibrar definitivamente la balanza del yin y yang, sería un caos. El aburrimiento más insoportable. No podríamos vivir por la chatura de una vida sin cambios. Sería la muerte sin morir, la vida sin vivir (como una condena) y no como la maravillosa aventura que es porque no sabemos cómo es y nos sorprende a cada paso.
Cuando logres desligarte de la idea incorporada de Dios, esa que te acompaña desde la niñez, alcanzarás el conocimiento verdadero de la divinidad. Algo que siempre está más allá de tu propio intelecto, de mi pretensión de explicarlo, de la actitud infantil de desligar nuestro trabajo en virtud del pedido que le hagamos a nuestros Salvadores Celestiales. No existen. Ya renunciaron, y están en una dimensión inferior de la consciencia. Se dieron cuenta de que somos capaces de valernos por nosotros mismos. Por eso se diluyeron en el mar de otras tantas ignorancias. Que la idea de Dios no te siga estancando en la ambigüedad. Cuando encuentres tu verdad, será parte de la Gran Verdad, la incognoscible. Y allí está el famoso Nirvana, el Cielo, el Paraíso y todo el abanico de maravillas con que nos pasamos la vida soñando. Mientras la vida se nos escapa por estar dormidos. Despierta y estará todo claro. Sos el único dueño de tus amaneceres y de tus noches tormentosas. Elige vivir y no ver cómo viven los demás. Eso es ser tu propio Dios. Que así sea…
(es decir, sólo como vos quieras y decidas).
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