Mucha gente se pasa la vida reclamando por sus carencias. Es verdad que hay situaciones donde la pobreza puede ser causa de un régimen político, social, injusticias de la economía de un país, y muchas causas más.
Pero también es muy cierto que, en la mayoría de los casos, se debe a nuestro propio accionar.
Nadie conseguirá nada, esperando que se lo traigan servido. En la supuesta comodidad de no hacer esfuerzos, para encarar un proyecto con toda la energía positiva y ganas de salir adelante, el resultado será negativo.
A los cómodos, la vida les cuesta más. A los haraganes, la vida les da menos.
Por este simple razonamiento, te habrás dado cuenta a dónde apunto con esta reflexión. Un libro exitoso, por ejemplo, no se escribe solo, ni es la copia de otro (como plagio). Un éxito cualquiera es siempre el certificado de calidad de su generador.
Ya hemos visto que el mundo es igual para todos, pero seguimos diciendo que con nosotros es injusto. ¿Injusto?
No. Todo está en su lugar, y llega a nosotros por merecimiento, sabiamente otorgado por la Consciencia Universal. Si no nos visita la abundancia es porque nos hemos anclado en la idea de la carencia. Cuando una persona se queja de sus pocos recursos materiales, debiéramos ver en que contexto vive y seguramente encontraremos que se deja influenciar por el pesimismo de los ineptos.
Todos tenemos dones y talentos con los cuales destacarnos, pero no por imperio de la vanidad de ser superiores, sino por el privilegio de contar con las herramientas que producen el progreso.
No somos lo suficientemente consciente de las innumerables veces que decretamos nuestros males. En muchas ocasiones, escuché frases lamentables como: “Yo nunca voy a tener suerte”, “Nací para sufrir”, “Nunca acierto una buena”… y otras tantas declaraciones de calamidades, como si fueran condenas irreversibles del destino.
No hay un destino fijo e irremediable. Lo vamos haciendo con nuestras elecciones, decisiones, intenciones y lo que aseguramos hablando inconscientemente, sin tener en cuenta el daño que producen ciertas afirmaciones como las descriptas. El inconsciente no tiene la función de discernir si es bueno o malo para nosotros, porque esa es la función del razonamiento. Pero sí acumula nuestros “decretos” y luego, por reflejo en el consciente, nos hace sentir todas esas frustraciones.
El poder de la palabra es casi infinito. Vivimos desvalorizando su poderosa influencia en todo lo que nos pasa. Cuando aprendamos a enfatizar lo bueno, lo bueno abundará. Cuando dejemos de relatar nuestras carencias, para que nos tengan lástima, la carencia habrá desaparecido para siempre en nuestra vida. Nada falta en el universo que pueda necesitar alguna de sus criaturas. La existencia tiene en abundancia eterna todo lo que podemos imaginar. Sólo falta que dejemos de pensar lo malo y nos pongamos a accionar en pos de esos beneficios. Todo lo demás viene por añadidura.
Recuerda: si no cambias de actitud frente a la vida, ella seguirá negándote lo que ansías. La carencia y la abundancia son nuestra propia obra.

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