Vivimos en un mundo de ilusiones. Pero no me refiero a los sueños de alcanzar algún objetivo que nos haga más felices, sino al hecho de que todo es relativo y cambia según el ángulo o condicionamiento desde donde se lo mire. Ya me ocupé alguna vez de la magia de las escenografías, tanto cinematográficas como teatrales o televisivas, que nos hacen ver actores dentro de una nave espacial o una calle en perspectiva llena de edificios y que no existe. Puede ser el fruto de un trabajo de montaje en la computadora o un efecto fotográfico con lentes especiales, más ese tipo de tomas que suelen llamarse “de ojo de pescado”.
Cuando digo que tu realidad no es la realidad, me refiero específicamente a nuestra manera de acomodar las cosas de la forma que queremos verlas o sentirlas.
Si alguien dice, por ejemplo, “tal persona me trató mal”, tal vez debiera revisar si ella no tomó a mal, un cierto tono más firme o seguro en quien respondió como su propia personalidad le indica y fue fiel a si misma, no como agravio a un semejante. No debemos cambiar nuestra personalidad para satisfacer al otro. Eso sería perder identidad.
“Si te molesta mi brillo, ponte anteojos para sol”, suele decir una amiga y tiene razón. No tenemos que bajar nuestra luz, porque el otro esté acostumbrado a la oscuridad. Suele opinarse muy rápido y, obviamente, con un juicio injusto, sobre temas que requieren más análisis.
Y como es mi costumbre didáctica, vieja herencia de mis tiempos de profesor, paso a dar algunos ejemplos ilustrativos:
Le decimos a alguien sobre una cierta prenda que viste: ”eso te queda mal”. No es verdad. Le queda, simplemente. El lo eligió o no y está bien. Nuestra opinión no cuenta, a menos que seamos asesores de vestuario de una productora de eventos o espectáculos y se nos pague por eso. De lo contrario, es mejor callarse la boca. Tal vez, esa consideración se deba al reflejo de nuestro inconsciente que nos recuerda que a nosotros nos quedaría mal, porque no estamos en línea, o por nuestra contextura, edad, etc. Es una especie de “venganza” por lo que no podemos lucir así.
Otro ejemplo sería aconsejar: “no te conviene decirle eso o aquello a tal o cual persona”. Sí, le conviene. Algo le enseñará si se equivoca y se hace cargo luego de las consecuencias. Si a raíz de eso pierde una pareja o un empleo. Aprenderá a ser más medido, más ubicado o más diplomático en la próxima ocasión.
Pero cuando hablo de diplomacia, no digo tolerante de lo que no nos gusta, que lleva cierta forma de sometimiento. Rebelarse es bueno. Es sano. Es necesario. Nos muestra quienes somos, y qué nos hace mal. Los que siempre están de acuerdo con nosotros, son malos amigos. Algo ocultan y nos están mintiendo. No existen las coincidencias totales, son acomodaticias, no son reales.
Entonces, la realidad es sólo una apariencia o lectura personal, dentro de la que llamamos realidad general. Que tampoco existe. Es otra proyección de lo colectivo.
Un chistecito para cerrar: No creas en lo que no sientas válido de esta reflexión. Mi realidad me dice que tal vez no es un criterio real. Sólo una manifestación de una parcialidad mía y vale por el tiempo que me aporte algo. Después se diluye y nos libera a ambos. Qué bueno es estar creando todo el tiempo nuestras propias realidades, en un mundo que no las sostiene. Eso es quererse. (Y yo me quiero mucho).

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