A nadie le gusta decir que tiene miedo. Eso lo descalifica. Pareciera haber una obligación de ser valiente, enfrentar cualquier situación, tomar la decisión acertada y salir adelante levantando la corona de laureles de los vencedores. Pero en la vida cotidiana no es así. No podemos ser todo el tiempo triunfadores. Muchas veces, esos miedos, no son conscientes y uno los trata de ahogar o enmascarar con una reacción agresiva para dilatar el compromiso. Algo nos demora, nos posterga, no nos permite decidir. Allí también surge la necesidad de no contarlo a cualquier persona. Puede aumentar nuestro dolor, porque habrá quien tenga el corazón y el temple justo, para no juzgarnos como cobardes, y darnos un aliento en pos de la solución de nuestro conflicto. Pero generalmente, en el que escucha, asoma una sonrisita burlona o socarrona que significa: ¡Qué vergüenza, cómo no te animas a algo tal fácil como renunciar, separarte, decirle que no a tal o cual propuesta!
Y una vez más seríamos ingratos e injustos. El que está viviendo un dolor, que conlleva una incertidumbre, no lo sufre porque quiere (salvo los masoquistas), porque suponiendo que se trata de una persona “normal” (el término siempre debiera ponerse entre comillas), algo le impide esa toma de posición frente a lo que la perturba y que a nosotros nos puede parecer sencillo.
Entonces, primero hay que escuchar. Escuchar más. Luego, entender. Más tarde evaluar lo que le vamos a decir. Porque tal vez sólo es válido para nosotros. Y finalmente, opinar breve, conciso. Pero siempre y cuando se nos pida, y no por la soberbia de mostrar que somos más hábiles o inteligentes, y que ella está en un nivel inferior de capacidad resolutiva. Nunca hagamos sentir más triste al que sufre, sumándole la idea de incapaz. Infinidad de veces, en nuestro comentario, aunque pretenda consolar, hay implícita una descalificación.
Cómo ejemplo, coloquial, sería decirle: “No seas tonto, por favor, me extraña, ¿cómo no te das cuenta de algo tan sencillo?”
Horrible ese comentario. Sólo suma desazón y algo de vergüenza. Nos pueden contestar muy mal. Hace sentir idiota a quien, tal vez, es más sensato que nosotros mismos y entonces le surge la violencia. Y por algo que no vemos será que, todavía, no encontró la salida menos traumática (o más equitativa) para las partes que estén en juego en su conflicto.
Debiéramos aprender a callar. Hacer más pausas. Callar más tiempo y escuchar. No replicar al instante, con la velocidad de una computadora, lo primero que se nos ocurre. Ser más respetuosos del interlocutor, de sus tiempos, del ritmo de sus frases. Tantas veces no lo dejamos terminar un concepto, y concluimos la frase que esa persona estaba armando para equivocamos de una manera vergonzosa. Eso es peor que no ayudar, eso es malentender, perturbar, deformar el tema (por nuestra idea apresurada y no mesurada).En síntesis. Cada uno reacciona cómo puede y de acuerdo al momento que vive en su propia evolución. De eso aprende. Si va sumando la experiencia del dolor que le causó ser impulsivo, bajará el nivel de su agresividad y en lugar de insultar, en otra ocasión similar dirá, casi irónicamente: “Gracias por tu comentario”. Y nada más. Ya no acepta, obligatoriamente, el consejo. Lo deja madurar el tiempo que a su consciencia le haga falta para tomarlo o desecharlo. Pero cuando te agredan, recuerda que no es contra vos, es contra sí mismos. Algo que no se puede tragar y metabolizar, se vomita. Así pasa con los alimentos. Así ocurre con lo que escuchamos de los demás.
Ah… y si sentís distinto, no tomes en cuenta mi sugerencia. Tal vez sólo me sirvió a mí para hacer catarsis escribiéndola. Con todo tu derecho, podrás oírla o ignorarla. Y siempre estará bien. Porque responde a tu voluntad, algo que nadie puede invalidar.

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