CÓMO CONSERVAR EL EQUILIBRIO EN UN CONFLICTO
14 Mar 2010
Siempre es más fácil reaccionar. Actuar sin pensar, por impulsos instintivos. Pero eso, casi siempre, nos trae más (y mayores problemas) que la pequeña contrariedad que causó nuestra reacción. Me explayo un poco más: Ante un insulto inesperado, solemos contestar con otro insulto, al instante. Aunque, en realidad, tendríamos que tener siempre presente la posibilidad de que alguien nos agreda con un exabrupto, o su reacción natural por no saber mantener el equilibrio. Mi sugerencia es que tengamos en cuenta que estamos en un mundo en crisis.
Ya debiéramos saber por la enseñanza de los maestros milenarios y, fundamentalmente, por las filosofías orientales, que “crisis”, es también un sinónimo inteligente de “cambio”. Y que el cambio es necesario para no oxidarse, estancarse, vivir por reflejos y automáticamente. Cuando nos enojamos, innecesariamente, nos perdemos de disfrutar el privilegio de crear nuestra vida a cada instante. Entonces, lo prudente sería no estar siempre a la defensiva y con la espada del agravio desenvainada, apuntando a nuestro interlocutor, en cuanto vemos que se empieza a enojar. Todo lo contrario, como dirían en el campo argentino, en esos casos, “hay que desensillar hasta que aclare”. Esto, traducido a nuestro mundo citadino y moderno, sería: bajar los decibeles de nuestras palabras y el ritmo de las frases. Aumentar, muy considerablemente, las pausas y los silencios. Y escuchar. Escuchar el doble o el triple de lo que hablamos. Porque ahí está el material más rico para comprender por qué esa persona está tan mal con ella misma, por qué sufre tanto que ataca al otro al no poder resolver su dolor. Siempre, o casi siempre, para no sonar absolutista, el que nos lastima es porque se siente lastimado. Y su reacción no es contra nosotros. Es una muestra de su impotencia para resolver el conflicto.
¿Qué hace un buen maestro en estos casos? No reacciona, no contraataca, no cuestiona, no empieza inmediatamente a darle consejos ni reprimendas. Le marca, en primer lugar, sus virtudes. Destacando lo que nuestro “supuesto” agresor hace bien y los dones naturales que posee. Eso lo relaja, lo revaloriza, porque nadie se resiste al escuchar que están rescatándole alguna cualidad. Claro, que puede ser nuestra estrategia de disuación, pero es sana. Por supuesto que luego habrá que fundamentar bien lo que le vamos a decir o a sugerir para que salga de su enojo. Pero ya logramos el primer paso. Que nos escuche. Y todo es reflejado por la Ley del bumerang. Esta persona, irritada, ahora nos atiende más tranquilo, porque antes lo hicimos con él. Lo escuchamos con respeto, sin agravios, sin hacerlo sentir un idiota porque no puede salir de su pozo, de su crisis o de su dolor.
Y aquí aparece un detalle vital: Para lograr el equilibrio en un conflicto, debemos antes formarnos, estudiar, purificarnos, conocer mucha gente y en muchas circunstancias diferentes. Abrir los ojos cuando viajamos, cada vez que nos vinculamos con otras culturas o escuchamos otras ideas y creencias, porque de esas fuentes nos nutrimos y ampliamos nuestra capacidad de comprensión y de compasión, para ser útiles. Recordemos algunos viejos axiomas, que cada día parecen tener más vigencia y ser más necesarios: Nadie da de lo que no tiene. Somos el fruto de nosotros mismos…
Hay que llenar nuestras alforjas de sabiduría y la vida nos responderá como espejo, con su propia sabiduría. Todo está en su lugar y existe en armonía. Nosotros lo movemos, lo alteramos y lo irritamos. Piénsalo, pero sobre todo, ponlo en práctica, aunque cueste. Yo lo estoy haciendo. Y ahora, que pude compartir esta idea, te aseguro, que me siento mejor. Recuperé mucho más de mi propio equilibrio.
Que vivas armoniosamente. Tu felicidad es tu fruto. Sé un buen árbol.
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