FRAGMENTOS Y LA SEÑORA (cuento)

En algún momento se rompió. No podía ver dónde estaban todas sus partes. Diseminadas en el piso, se escabullían tras un pasado que se perdió entre recuerdos confusos y ansiedades muy claras. Sus fragmentos emocionales, se habrían rebelado y escaparon del encierro de su materia. Y ahora sus partes humanas, cubrían una superficie imprecisa de su existencia, representada en el piso gris y frío de su casa. La cabeza, con un cerebro cansado y fragmentado en cien ideas, todavía acertaba a darle algún indicio de su estado.
No era él, no podía ser él, lo que sentía que estaba siendo. Pero tampoco recordaba cómo era, cómo fue, cómo quiere ser. Sólo veía un reflejo confuso, en forma oblicua y lastimoso en el quebrado espejo del living. Un silencio se adueño del momento y se quedó a vivir sin ser invitado.
La ambulancia no llegaba. Nadie la había llamado. Seguiría demorándose en busca de otros “quebrados”, que la necesitaban más que él. Estaría aullando su urgencia, sobre cuatro ruedas, por la ciudad atestada de otros pedazos de personas. Esos zombies que deambulan más que caminan sin nombre por las calles, con lo que les queda. Terminándose como el final imprevisto de la tinta en una lapicera imaginaria que hace el inventario de sus carencias y no llega a completarlo.
Sin brazos para abrazar, sin piernas para seguir y otros, los más, aquellos que perdieron el corazón, en una contienda mano a mano con el amor. Un enfermo y mezquino amor que se escapó y los dejó sin aire, sin sangre, sin rumbo, sin…
Ahora, alguien camina cerca de sus fragmentos. Alguien parece que se acerca a la cabeza de quien piensa que ya no es. Y ese alguien es como una esperanza final. Es una parte más de esa realidad irreal que lo está envolviendo. Una consecuencia o la última ilusión de saber qué le pasó. Tal vez, lo vienen a ayudar.
Quizás, no necesito nada más. Tal vez, sólo haya que juntar mis pedacitos y tirarlos a la basura. Pero es temprano, un sol inoportuno golpea en mi ventana. Todavía no pasa el camión recolector.
Voy a hacer la prueba. Aquí veo una mano, me va a servir para rearmarme. Allí está uno de mis pies. Sí, va debajo de todo, al final de la pierna. Por allá me parece que está la espalda… Y ese muslo también está recuperable, el otro va al lado. Mi cuello, mi rostro… me parece que iba aquí delante… A ver, cómo va esta restauración… a ver cómo me empiezo a sentir si me trato de poner de pie…
Un grito se escapa sin sonido. Todo gira en forma vertiginosa como un horrible tornado que se adueña de su casa.

Cuando terminó ese torbellino espiralado que lo envolvía, estaba parado frente al espejo. Se miró. Veía otra cosa, pero no estaba mal. Aunque un brazo quedó levemente fuera de lugar, y el corazón más seco, pero latía tímidamente, funcionaba. Y la mirada se quedó detenida en las grietas. Su cuerpo agrisado, parecía una pared reseca que está a punto de derrumbarse, corrían finos ríos oscuros por su piel con la forma de los relámpagos, era como las grietas que veían en los platos centenarios de la abuela… pero estaba de vuelta en la vida. Una sonrisa invisible, quiso asomarse en sus labios, pero la mente no le dio tiempo. Se dijo así mismo que, después de todo, se había podido rearmar, aunque ya no tuviera fuerzas para amar. Que tonta la idea. Qué idiota puede ser uno cuando…

Tocaron el timbre. Es ella, la señora, la que llega a tiempo, la que al final nunca nos deja. La que cumple, que no defrauda, que es una constante, que pasa sin que abramos la puerta y ahora, lo mira, sonriente y le dice que se apure. Que ya es la hora.

Oscar Capobianco

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