El TERRENO DE AL LADO (cuento)

Cuando uno es chico las paredes medianeras son demasiado altas.
Parecen encerrar prisiones gigantes donde deben habitar seres extraños viviendo sus misteriosas existencias.
Y si ese lugar desconocido, no ha sido ocupado por personas, por seres comunes, durante mucho tiempo, la fantasía comienza a crecer incontenible como los yuyos que se hicieron dueños de esa propiedad casi derrumbada.
Pero ahora no se ve nada. La vieja y enorme pared es un obstáculo para la vista, aunque no para la mente, que trata de imaginar qué habrá allí, en ese lugar que sólo se conoce como un baldío o el terreno de al lado.
De noche, la luna debe ver qué tipo de seres deambulan por ese espacio no conocido, pero no cuenta nada. No dice quiénes merodean por esas habitaciones derruidas en lo poco que queda de la vivienda y apenas se entreve, desde la calle. Qué misterio o qué rastros le quedan a lo que alguna vez fue una casa familiar habitada por gente como él.
Marcos, en sus ocho años de vida, escuchó decir a sus padres, que era una viuda que la habitaba sola, y que nadie más había sido visto por esa propiedad en mucho tiempo. Una sola vez vieron a un rematador durante unos minutos poniendo un cartel donde se ofrecía el predio como para demolerlo y reconstruir. Pero nadie vino a interesarse por él, como si no existiera. Tal vez por esa situación, era más emocionante pensar que a ese lugar, casi fuera del mundo, lo habitaban seres invisibles, duendes, fantasmas y todo un espectro de manifestaciones energéticas de los seres del más allá. Raros murmullos se solían percibir, con ruidos de muebles o sonidos y voces que surgían, de pronto, sin que nadie hubiera ingresado al lugar.
Marcos, tenía miedo, siempre se asustaba cuando oía esas voces, pero era un miedo no muy fundamentado. Miedo a no saber, a presentir, a escuchar también… como empezaba una risa de anciana que estallaba en un grito, y luego seguía transformada en gemidos y lamentaciones poniéndole los pelos de punta y crispando sus nervios.
Tampoco se atrevía a contarles sus temores a los padres. Le dirían que no diga tonterías y se quede tranquilo. Que allí no hay nada. Sólo ratas o gatos que en sus coqueteos amorosos en las épocas de celo se asemejan a llantos infantiles.
Pasaban los años y Marcos, ya crecido, un día tuvo ganas de asomarse. Pero no sabía cómo evitar esa mezcla de curiosidad e impaciencia, con todos los miedos que se habían acumulado en su cabeza a lo largo de los últimos dos o tres años.
Se decidió a terminar ese misterio. Y un día, cuando sus padres no estaban en casa, tomó con dificultad una larga escalera que tenían en el fondo y la apoyó contra la medianera. Así empezó su aventura de investigación. Subir el primer escalón no fue difícil, pero ir avanzando hacia arriba se tornaba más comprometido. A cada paso sentía que el corazón le palpitaba más fuerte y la adrenalina fluía impetuosa por todo su cuerpo. Quiso desistir, pero algo extraño lo empujaba y siguió ascendiendo. Tras superar el sexto escalón la medianera ya parecía darse por vencida y le dejaría espiar lo que tanto necesitaba saber. Todos los recuerdos de sus años infantiles se agolparon en su cabeza y le dieron el empujón emocional final para atreverse a subir dos escalones más.
Y se asomó. Entonces su mundo se detuvo y vio todo. Lo que no quería ver. Lo que hubiera preferido no saber. Pero ya era tarde. La escena era digna de una película de terror o suspenso, de esas que no veía, porque no se animaba y disimulaba diciendo que tenía sueño. En realidad sabía que luego no podría dormir.
Ahora todo se develaba y estaba ante sus ojos azorados. Ya nada sería igual en la vida del chico. Ya todo habría terminado o recién empezaba. Ahora él y la viuda, conocían el secreto tan largamente guardado de la historia inconfesa y macabra de ese lugar extraño.
Una jauría de perros casi salvajes rodeaba mordisqueando el esqueleto de la viuda, que tendido en el fondo de la vieja casona, se terminaba de secar al sol. Marcos creyó desmayarse y comenzó a bajar, temblando, la interminable escalera hacia su seguridad. Hacia la paz que significaba no contar nada, no preguntar nada y vivir como si todo estuviera en orden de este y del otro lado de la medianera del terreno de al lado.

Oscar Capobianco

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