ÉL Y LA VENTANA AZUL (cuento)
09 Jul 2010
Él tenía riquezas no adquiridas. Heredadas. Ofrecidas por Dios, como una tácita compensación para que no se sintiera diferente. Y era diferente para esta sociedad. No tenía ropas importantes para ponerse los domingos y salir a pasear. Entonces escondía la misma camisa, cubriéndola con la misma campera, que le había regalado hace tanto tiempo un primo que volvió de Europa. Él era pobre, pero de toda pobreza, aunque no caía demasiado en cuenta de sus carencias materiales. Él soñaba mirando el cielo. Soñaba porque es gratis, porque no hacen faltas estudios para soñar, sólo basta con proponérselo, o necesitarlo o no poderlo evitar. Porque ser pobre en un barrio de gente humilde, no es algo que convenga, que sea bien visto, que aumente posibilidades de éxito. Ser pobre allí, es no poder ser lo que uno necesita, para no necesitar de las riquezas.
¡Qué complicado que es este mundo para un adolescente con algunos problemas de inmadurez, y perteneciendo al grupo de los llamados “con capacidades diferentes”! Ser alguien que se expresa con cierta dificultad en la dicción, y parece un poquito oriental. Que ve con frecuencia ciertas sonrisas discriminadoras, y no tiene Internet, ni celular, ni un teléfono público lo suficientemente cerca, como para no sentir a todos tan lejos. Pero, él existe. No cabe duda. Él tiene una familia que no siempre tiene.
A veces, queda demasiado tiempo solo. Y ve los cuchillos de la cocina y toca su filo y fantasea con una muerte lenta… pero al instante se imagina una vida normal. ¿Y cómo será una vida normal, para quien siente que no lo ven con ese parámetro? ¿Y cómo sigue la vida de un solitario que ve felices a los demás? Escapándose del entorno. No sólo de un lugar físico con una pequeña mochila con víveres apenas para una magra semana. Escapándose del propio ser. Yéndose a vivir para adentro, o caminando, caminando sin rumbo o hacia esa nada que es mejor que eso que tiene tan vacío. Teniendo algo de culpa, como escondiéndose de su propia vergüenza.
De pronto, el ambiente se le hace hostil. Cae muy rápido la noche y el día siguiente tarda y le suma hambres y miedos. Miedos a lobos, miedos a fantasmas escondidos, miedos a los árboles… que ahora parecen verdugos de su desamparo…
Y también, como siempre, cuando se está a punto de claudicar, buscando ese pozo infinito y negro que a uno lo trague y termine la historia, ocurren hechos mágicos. Milagros que no se pueden comprar. Sólo ocurren.
Hay circunstancias y oportunidades en la vida que ni el más febril de los autores, podría prever para sus personajes. Simplemente suceden. Es parte de lo imprevisible de la vida. Y como él estaba vivo, a él le ocurrió. Un día, de esos tantos días, en que no pasa nada más que el día, pasó un camión. Un camión como cualquier camión, sin intenciones de ser otra cosa más que un camión, que lo único diferente fue equivocarse en un atajo y por error pasar frente a él.
Tal vez, hubiera hecho lo previsible: producir una polvareda para cubrirle de tierra seca su cara asombrada, y seguir raudamente su trayectoria, olvidándose de ese muchacho. Un bulto a la orilla del sendero, casi inexistente, por donde se desplazaba.
Pero se detuvo. Y el conductor lo llamó. Y a él, en primer lugar, le dio miedo, pero después se dio cuenta de que todavía no tenía que tener miedo. Todavía no había visto los casos repetidos de la inseguridad, de los secuestros, de los robos, de la otra cara de la civilización actual que él ni sabía que integraba.
Y se acercó a la ventanilla del vehículo.
- ¿Quién sos? –le preguntó el hombre con el brazo izquierdo muy tostado de tanto viajar al sol.
- ¡Y… soy yo! –dijo él.
- Claro, vos, pero ¿quién?… digo, ¿qué haces acá? Este lugar no existe.
- Ando… por acá. –y él miró hacia el horizonte sin encontrarlo.
- Subí que te llevo a la ciudad. Me parece que vos estás perdido. –agregó el transportista y le abrió la puerta del lado del acompañante.
- Subí. No tengas miedo. ¿Cómo te llamas?
- No me acuerdo, creo que Pedro, pero me dicen él. Gracias…
- Se las tenés que dar a Él… quiero decir a Dios. Yo sólo hago lo que debo.
- Gracias por subirme. –repitió el chico. ¿Qué tiene en esas cajas, ahí, atrás.
- Llevo alimentos a los supermercados para gente que nunca voy a conocer, pero vos, al menos…. sí tenés una cara. Sos Él.
Entonces, él se miró en el espejito retrovisor del casi desvencijado camión y no se reconoció. Iba sí, a bordo de algo que avanzaba devorando cuadras con un sonido distinto al de un gasolero. Y apareció un silencio, mezclado con risas, era casi una música. En nada similar a la que produce un motor a explosión. La radio estaba apagada. La vida se estaba quedando sin voz.
Hasta que escuchó que el chofer dijo:
- Te voy a dejar en tu… casa… bueno, donde tenés que estar. Pero, decime, ¿sabes donde vivís?
- Más o menos. No. O creo que sí, es una casa… una casa que tiene algunas plantas y flores rojizas, pero no me acuerdo en qué calle. Creo que es… Coronel Indiferencia, pero no sé… A mí me sacan rápido, y me entran casi de un tirón para que no me vean mucho en el barrio. No tengo muy claro si es para allá, hacia donde estamos yendo. El hombre lo miró y dijo:
- ¿Y vos pensás que yo siempre sé donde tengo que ir? –dijo casi para sí, el camionero.
- ¿Entonces, como hace para llegar a donde va? –preguntó él con cierta inocencia.
- Fácil. Me dejo guiar por Dios. Ahora, por ejemplo, me dijo al oído: “Llévalo a ese pibe. Algo le pasa… alcánzalo hasta su casa, hacelo por mí.”, pero yo tampoco conozco esa dirección. La imagino con paredes blancas y una puer…, pero no, no te lo digo. Espero que la reconozcas vos mismo y entonces, sí, ahí te dejaré.
El tiempo real en estos casos no cuenta. O cuenta poco, se hace virtual, se hace el desentendido, hasta en este relato. ¿Para qué va a cronometrar las ilusiones, los temores, las sorpresas, si todo se hará como deba ser. Dentro del precioso equilibrio en que todo se mueve en este universo.
Ya el autor se fue a cenar, o a dormir y estará escuchando música para relajarse y soñar nuevas ficciones. Y en su cuento, siguen dos personajes sus historias verdaderas, sin renglones, desparejas, garabateadas a golpes, no escritas… porque no se las comprende.
Tranqueras, molinos, campos sembrados, vacas, alambrados, postes de energía eléctrica… todo el escenario, sin retaceos económicos en su producción, como en las grandes obras de teatro o cine, los iba acompañando en su avanzar, pero al revés. Las cosas, los animales, los seres, se volvían hacia el lugar impreciso donde el joven había subido al vehículo.
De pronto, un pueblo se avista a unos trescientos metros. El camión hace un ruido distinto, parece relajarse. Se va deteniendo, sin que nadie se lo pida y finalmente queda inmóvil delante de una casa.
- ¿Qué le pasa a esta porquería? –reniega el transportista, pero ve la sonrisa de él cuando, casi sin poder emitir las palabras, balbucea:
- E… es ahí. Ahora me acuerdo. Es aquí. Esta es mi casa.
- ¿Seguro? ¿Cómo lo sabes?<
- Porque reconozco a mi cuarto… desde donde siempre miré el cielo esperando ver a un ángel, esperando ver a Dios que me llamara… o alguien que me sonriera… porque siempre que estuve solo y me asomé para ver las estrellas, alguna me guiñó un ojo. Entonces, empecé a inventar cuentos, pero en mi cabeza, porque no sé escribir bien. Pero veo bien, veo que esa es mi casa. Estoy seguro. Porque están las flores rojizas, que le decía, ahí afuera de mi cuarto, ¿ve? y ya siento su perfume. Ya lo siento, como cada vez que quiero ver si lo descubro a Dios deambulando por el cielo y abro… la ventana azul.
Oscar Capobianco
Leave a reply
You must be logged in to post a comment.