NO ESPERES NADA DE NADIE

Me quiero imaginar tu primera reacción al leer este título.
¡Qué pesimista es este hombre, por Dios, qué desconfiado!
Aunque tal vez no sea así, por supuesto. Pero, soy humano y me imaginé que pensarías algo similar.
En cambio, si creés que estoy en lo cierto, vas a comprender mejor a qué me refiero en esta reflexión. Y si sentís que estoy equivocado, tal vez será otra tu postura, aunque yo seguiré estándolo, porque no espero nada de nadie, nunca. Y últimamente, ni siquiera aceptación.
Ocurre que a lo largo de la vida uno capitaliza experiencias en el trato con los demás. En una primera etapa, nuestros padres, nos resuelven muchos problemas. Luego, quizás haya que lidiar, compartir, o pelear, depende el grado de relación, con hermanos y cualquier otro caso de vinculación que se tenga. Más adelante llegará el grupo de amigos, compañeros de estudio, alguna que otra persona (como primer noviazgo) y la interminable lista de “consejos” de profesores, sacerdotes, vecinos, tíos, profesionales en distintas disciplinas, en fin, todos los que (de una u otra manera) intentan amoldarnos a su punto de vista, o en ciertos casos, que cumplamos con su orden.
Lo que aquí planteo es una medida sencilla, y terapéuticamente necesaria para conservar la calma y no sufrir tantas decepciones.
Ejemplos de sometimientos, habría miles, pero voy a ser más escueto. En el supuesto caso de que depender de otro, sea tu forma de actuar o reaccionar, y sufras ante un hecho desafortunado debido a la falta o incumplimiento de otra persona en algo tuyo, te sugiero un breve análisis de situaciones clásicas y molestas con las que solemos encontrarnos en nuestro diario vivir (o subsistir) y podemos evitar.
Aceptemos que nadie tiene el deber de hacer nada por nosotros. Y estará todo bien. No habrá a quien culpar.
Hablando con más precisión, cuando ponemos nuestra expectativa de éxito en algo que debe resolver, aportar o conseguir el “otro”, cometemos el primer grave error en nuestra conducta. Ya que si algo es de nuestra competencia, tenemos que ser lo suficientemente precavidos como para saber que es muy probable que no cumpla y lo tengamos que resolver, terminar, arreglar o compensar nosotros. Casi siempre es así. Pero esta sociedad nos empuja muchas veces a trabajar en equipo. Y lo que menos tienen los equipos es ser parejos en rendimientos o constancia individuales. Y no está mal. Ese es el costo o riesgo de hacer algo en común. Pero no quiero decir que haya que ser un solitario amargado y renegón. No. Mi intención es prevenirte sobre los inconvenientes previsibles, imaginables, esperables que puede tener un proyecto compartido, o de delegar en otro que no sabe cumplir.
Si alguien, por ejemplo, tenía que traer el vino o el postre a una reunión, ese es el que no viene. Y no avisa. Tampoco le importa llamarte al día siguiente y decirte que “no le arrancó el coche, o no tenía crédito en su celular o se le descompuso la licuadora a la suegra y no pudo hacer la salsita”… en fin. No le importa que vos tenías todo organizado en base a su presencia con las botellas o la bandeja. El no es así. No hay culpa siquiera en su accionar. Hay una causa y es nuestra ingenuidad de confiar en su palabra. Debimos prever nosotros tener un buen stock o un plan B. No esperes nada de nadie.
Visto de manera muy exquisita, podríamos cuestionar esta opinión como la mirada de un pesimista. Y no es cierto. Yo creo en algunas cosas, en lo que algunas personas, dicen algunas veces. Nunca en todo. Nunca en todos.
Sé muy bien y lo comprobé que ni siquiera cuento siempre conmigo mismo. Porque tal vez amanezca de mal humor y no voy a cortar el césped que (me) había propuesto hacer hoy. Puedo cambiar diametralmente de opinión y no tener que darle explicaciones a nadie salvo a mi consciencia. Pero sí, hay algo que nunca haría. No te dejaría sin avisar, sin prevenir, sin respetar lo que esperas de mí. Doy el informe antes. Aviso antes, cuando todavía se me puede reemplazar.
Hice teatro muchos años, más de treinta y dos de radio y jamás falté ni llegué tarde. Claro que no soy infalible, pero… ¿por qué pude?, porque soy absolutamente confiable. Que es mucho más digno que ser perfecto.
En suma, no cuentes con el otro. Podrás sumarlo, incorporarlo, aceptarlo, pero nunca que sea algo imprescindible para cumplir con tus compromisos. Ni un dinero, ni tiempo, ni consejos deben hacerte quedar mal ante los demás por la inacción de otra persona. Hazte cargo y no habrá cargos. Todos somos falibles. Entonces, lo saludable es mejorar nuestra propia performance y no depender de nadie. Incluyo en esto, a esposas, hijos, novias, etc. No esperes nada de nadie. Ni siquiera un buen consejo mío. Genéralo vos mismo. Yo no opino, pienso en voz alta. Estará bien lo que decidas, si es tu convicción. (Ah… tampoco le recomiendes esta reflexión a nadie. Puede hacerte discutir mi posición o la tuya.) Mejor, hacé algo que no dependa de segundos o terceros. Un éxito o fracaso, pero que puedas hacerlo solo. Como seguir leyendo otras entradas, menos duras que esta, por ejemplo.

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