SOMOS LO QUE COMEMOS


Hoy quiero ocuparme de un flagelo que se suele tomar con indiferencia, con ironía, hasta con la equivocada justificación de ser “exigencias de la época” por la falta de tiempos para cada actividad. Pero es una excusa insostenible. Nos pudo la negligencia y ahora queda sólo revertir. Repasemos. Estas últimas generaciones comen mal. La proliferación de locales de comidas rápidas, sumado a las urgencias que aceptamos y el poco tiempo que le dedicamos a nuestra alimentación y descanso, están haciendo estragos en la salud y la imagen de la gente. Sobran casos de obesidad. Se está convirtiendo en un flagelo que muy pocos organismos oficiales aceptan, rotulando de enfermedad, lo que en realidad es una mutación. Se está perdiendo el hombre original capaz de auto curarse. Ya no queda casi nada de nuestra condición natural de auto sanación, de saber preservar nuestros sistemas, con conductas sanas, con conciencia. Nos hicimos sordos y obesos. Desnutridos y anoréxicos. La bulimia tomó un desmedido protagonismo. Nos valemos de modelos de estética falsos. Enfermizos, delgadeces lamentables y no bellas. Pero como contracara de esa impotencia de no alcanzar la silueta casi transparente de las modelos, optamos por lo opuesto. Como una rebeldía infantil, el consuelo de la gratificación de los dulces, las cremas, los paliativos que significan la modorra del estómago repleto, en lugar de la relajación de lo magro. Vivimos indigestándonos, exigiéndole a nuestro corazón un trabajo extra, a nuestro sistema digestivo lidiar con mezclas inaceptables de alimentos incompatibles. No hemos escuchado el repetido consejo de no mezclar en una misma ingesta proteínas con hidratos de carbono. Son incompatibles, se neutralizan, no cumplen la función individual de alimentar nuestro cuerpo biológico. Sólo sacian nuestro apetito, más apoyado en la ansiedad que en el hambre auténtica.
No debiéramos aceptar, ni por falta de tiempo ni de recursos económicos la idea de comer una fritura hecha con aceite casi rancio o diez veces reciclado, y sin embargo decimos con cierta inaceptable convicción: “qué rico está esto”. Claro, nos dejamos dominar por lo más primitivo de nuestro cuerpo, la parte involutiva, carnívora en exceso, insaciable por ignorancia. Tendríamos que saber que hay que dejar de ingerir, unos cuantos minutos antes de la saciedad. Ésta llega casi media hora después de comer el último bocado. Igual ocurre con la bebida. Nada de alcohol, el agua debe ser el complemento ideal, pero bebida antes y no durante las comidas. Todo líquido a destiempo malogra el proceso digestivo, porque diluye los jugos gástricos encargados de procesar los alimentos que llegan al estómago.
Otro tema importantísimo es el consumo de las frutas. No usarlas como postre, al final del almuerzo o cena, se deben comer antes. Y tal vez, siendo un poco más preciso en la sugerencia, debiéramos hacer varios días de ingesta sólo de verduras (bien lavadas y crudas), frutas, cereales y líquidos. Y estos últimos, sin conservantes, sin alcohol, sin agregados químicos. Lo mejor: agua pura, fresca, en buena cantidad, varias veces por día. Poco lácteo. Nada de gaseosas. Es una gran mentira lo de las bajas calorías, un argumento de venta, un señuelo para ingenuos. En fin, si nos ponemos en una posición más respetuosa de nuestra salud, veremos cuánto de más (o de menos) y que mal comemos. Después nos sentimos infelices por el visible deterioro de la imagen, la evitable obesidad que discrimina, que aleja las posibilidades laborales y de desplazamiento. Una consecuencia de algo que desestimamos cuando lo estamos generando. No soy médico, por eso creo que lo más aconsejable es la consulta a un buen nutricionista. La rutina de una abundante ejercitación física, con los debidos controles como ergometrías, análisis de sangre, control de la presión arterial, todo acorde a nuestras edades cronológicas, es una buena salida.
Y al obtener el consentimiento de nuestro médico, decirle un no rotundo al sedentarismo y adoptar la idea de ser capaces de moldear, purificar y embellecer nuestro cuerpo. Vehículo físico donde vive el alma. Templo sagrado para que nuestra esencia se sienta en armonía y no pendiente del próximo desequilibrio y la consecuente medicación (siempre tóxica) que nos saque del malestar autoprovocado. De una vez por todas, hagamos un sincero análisis de conciencia y aceptemos que somos lo que comemos.
A cuidar más lo que importa más. Y que tengamos un ¡sano y buen provecho!

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