Es lógico soñar.
Es admisible tener la esperanza de una vida feliz. Es natural que el hombre ansíe la paz. Es histórico que la felicidad sea casi una quimera, pero… si suspendemos esta lista de lo que sabemos, tal vez caigamos en cuenta de algo que se nos pudo pasar por alto.
Y es una pregunta: ¿Qué estamos haciendo por nosotros mismos? ¿Qué cambios le estamos implementando a nuestra conducta, a nuestras ideas sobre la vida y los demás para no ser víctimas permanentes de los sentimientos?
Porque ya debiéramos saber que lo que sentimos, lo genera nuestra idea sobre algo. Dicho en forma de máxima metafísica, podríamos afirmar que:
Lo que pienso, digo y siento, es lo que obtengo. Vayamos despacio, a completar la mirada.
La vida no es un camino de rosas, aunque haya miles de rosas en nuestro camino. Esta aparente paradoja no lo es. Porque esas flores que ansiamos, como símbolo del mundo idílico que sentimos merecer, pueden ser cultivadas por nosotros, desde dentro y no fuera de nuestro ser. Lo que nos pasa, bueno o malo, es nuestra elección en gran medida. Siempre somos responsables de nuestro estado anímico. Provocamos nuestras risas y nuestras lágrimas. Tal vez por confiar en la persona equivocada. Tal vez cuando dejamos en manos de otro algo que teníamos que hacer nosotros… tal vez…
Y vuelvo a proponerte una pausa, para analizar más los simbolismos de las cosas, que su definición académica o material. Un camino, puede ser intentar una actitud siempre positiva. Ella nos irá marcando hacia donde seguir, aunque no haya ningún cartel indicador al costado del sendero. Todo el cuerpo lo manifiesta. Hay un equilibrio nuevo, en la salud, inclusive. Uno sabe que está yendo bien. Uno siente que no se está equivocando. Uno va confiado hacia ese supuesto futuro, que sólo debe ser un mínimo estímulo, ya que lo único valioso es el presente. Read the rest of this entry »

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Toda persona, en algún momento de su vida se enamora, y en pocas semanas cree haber encontrado a ese ser “especial”, a quien será su mejor compañía. Más tarde se deslumbra con las felices coincidencias que lo hacen “el uno para el otro”, pero…
En en la primera diferencia seria de opiniones, se empieza a descascarar la pintura de la fachada, (y no me refiero al aspecto físico por el correr natural de los años), sino a la máscara de la hipocresía que -por la fuerza de la verdad- pierde consistencia y se empieza a desprender.

Poco tiempo más adelante, vemos el interés que la acercó a nosotros, y aquella dulce voz de los “te quiero”, pasa a ser la amarga presión de los “te exijo”… y en varias diferencias posteriores, sentimos cómo se va cargando nuestra vida de heridas en el alma, sumando las escenas desagradables de celos enfermizos. Empezamos a sentir (sobre nuestras espaldas) algo muy pesado. Un animal muerto que no teníamos cuando estábamos solos: Es la incipiente mochila del hartazgo, un paquete inmerecido y más grande que nuestra resistencia. Algo inmanejable que nos aplasta y parece contener más pertrechos militares que dulzuras, y que va aumentando su peso a medida que discutimos con nuestra des-pareja…

Y un día, al fin, esa cruz de plomo metafórica, se hace insoportable. Pero todo tiene un límite en nuestra tolerancia, y por fin, tiramos de una vez el pesado lastre de esa mala compañía. Entonces sí, Bendito sea Dios, recuperamos totalmente nuestra identidad, nuestra paz, nuestros silencios, nuestra salud mental y espiritual, nuestra autonomía. Al fin, volvemos a vivir sin la horca en el cuello.

Pero muchos, por cobardes, prefieren seguir mal acompañados, con tal de tener algún receptor de sus berrinches, y no se animan a provocar el parto por cesárea, hacer el hueco necesario, y poner la suficiente y saludable distancia entre ambos contendientes.

No soy ignorante, lo sabés. Todo lo contrario. Admito que cuesta y reconozco que se puede sufrir un poco o mucho los primeros tiempos por esa “supuesta soledad” que da el corte, pero vale la pena, es un regalo del cielo, y el resultado después es maravilloso. Salimos del engaño auto impuesto. Y en pocas semanas vamos notando cómo se instala la verdadera libertad de nuestro ser, las primeras lágrimas se convierten en canto. Una canción que crece a medida que la cantamos más alto, más entonados, sin la garganta velada por las discusiones estériles. Volvemos a la magia de ser nosotros, completos, enteros, luminosos, algo que nunca debió perderse.

Y vuelve a reinar a pleno, esa paz de la casa en silencio, se renuevan las plantas y proliferan las flores. Empiezan a repoblarse de luz nuestros jardines. Una primavera cultivada por nuestra capacidad de ponerle testículos a la situación y recuperar la dignidad de no ser más usados. El ser sin ataduras emocionales vuelve a ejercer desde nuestro corazón. Algo que no se negocia. Liberarse de una pareja, que fue una condena, no significa vengarse ni hacerle mal a nadie. No queremos provocar dolor, sino aliviar y eliminar el nuestro. Volver a lo que uno quiere, ser dueño de pensar, sentir, viajar y hacer lo que nos plazca (que no daña a nadie por supuesto, sino para dar alegría a otra gente, a los demás) pero sin dar cuentas ni justificar lo que sentimos a nadie.

Clickeá en el texto verde y seguí leyendo que ahora viene lo mejor… Read the rest of this entry »

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En algún momento se rompió. No podía ver dónde estaban todas sus partes. Diseminadas en el piso, se escabullían tras un pasado que se perdió entre recuerdos confusos y ansiedades muy claras. Sus fragmentos emocionales, se habrían rebelado y escaparon del encierro de su materia. Y ahora sus partes humanas, cubrían una superficie imprecisa de su existencia, representada en el piso gris y frío de su casa. La cabeza, con un cerebro cansado y fragmentado en cien ideas, todavía acertaba a darle algún indicio de su estado.
No era él, no podía ser él, lo que sentía que estaba siendo. Pero tampoco recordaba cómo era, cómo fue, cómo quiere ser. Sólo veía un reflejo confuso, en forma oblicua y lastimoso en el quebrado espejo del living. Un silencio se adueño del momento y se quedó a vivir sin ser invitado.
La ambulancia no llegaba. Nadie la había llamado. Seguiría demorándose en busca de otros “quebrados”, que la necesitaban más que él. Estaría aullando su urgencia, sobre cuatro ruedas, por la ciudad atestada de otros pedazos de personas. Esos zombies que deambulan más que caminan sin nombre por las calles, con lo que les queda. Terminándose como el final imprevisto de la tinta en una lapicera imaginaria que hace el inventario de sus carencias y no llega a completarlo.
Sin brazos para abrazar, sin piernas para seguir y otros, los más, aquellos que perdieron el corazón, en una contienda mano a mano con el amor. Un enfermo y mezquino amor que se escapó y los dejó sin aire, sin sangre, sin rumbo, sin… Read the rest of this entry »

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Hemos escuchado decir muchas veces que vivimos en una jungla de cemento. Y la metáfora sigue estando muy vigente, si observamos el comportamiento habitual del hombre en distintas circunstancias y, fundamentalmente, en el trato con los demás. Todavía, y a esta altura de la civilización, lo vemos actuar en forma torpe, primitiva e irrespetuosa. Algunos ejemplares de esta sociedad moderna parecen incivilizados cavernícolas y recién llegados de una cacería en medio de la selva, con la presa todavía al hombro y su lanza aún chorreando la sangre de la víctima.
Si a esto le agregamos que sueltan una risotada desmedida en volumen y luego muestran una sonrisa idiota como justificándola, tenemos (sin mucho esfuerzo) la presencia de un primitivo absoluto. En contraposición, su interlocutor puede ser un educado caballero, con profundos conocimientos intelectuales, enfundado en su impecable remera blanca que, no obstante, lo trata con sumo respeto y cordialidad. (No hay que comparar esta descripción con el “personaje” que has reconocido (en dos versiones) en la ilustración de esta nota… ja…ja.)
Pero, como ya se dieron cuenta, en esta reflexión quise incluirme, con una cuota de ironía y humor, casi una autocrítica (aunque hace rato que dejé la lanza y el escudo).
Por eso voy a compartir con ustedes una nómina (un poco al azar) de actitudes y conductas que vemos a diario y corroboran lo que digo. Estos “representantes de la prehistoria”, en ciertas ocasiones suelen actuar así: Read the rest of this entry »

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Muchas veces nos sentimos pequeños, insignificantes, casi invisibles, tal vez, como si pasáramos desapercibidos para el mundo. Y seguramente no es cierto. Somos valiosos, tenemos nuestra cuota natural de hermosura, pero nos falta algo. Nos queda aprender a unirnos, a compartir, a asociarnos con nuestros iguales. Encarar juntos muchas situaciones de la vida, asumir compromisos y desafíos unidos, cerca, sumándonos, “amontonaditos”, lo que no significa perder nuestras individualidades, claro. Pero algo ancestral parece tirarnos para atrás, a las épocas del egoísmo que ya debiéramos haber superado. Nos encerramos en nuestras soledades, para preservarnos y así nos marchitamos sin brillar, sin dar de nuestro propio néctar, nuestra fragancia, nuestro color. Entonces, si tomamos el ejemplo de la Naturaleza, y fundamentalmente, del reino vegetal, nos vamos a encontrar con muchas especies que nos brindan su ejemplo de asociación para el amor. Porque dar lo más bello de nosotros, siempre es ofrecer amor. Miremos las flores que ilustran esta nota. Ellas no tienen ego ni vanidades individuales. Se saben unir. Aumentan la superficie visible al juntarse con sus iguales y producen así, algo mayor. Esa especie de racimo florido, que es similar a como se agrupan las uvas. Ahí está el secreto. Juntas viven más felices. Juntas tienen mejor color. Puede parecernos una ilusión, un efecto cromático simplemente, pero es mucho más. Es una invitación para los humanos. Seguramente, los otros reinos, nos quieren sugerir que armemos una asociación para la belleza de nuestro género humano. Y el mundo se beneficiará con lo que reciba. Siempre es así. Hagamos un racimo de buenas voluntades. Yo me anoto: Tomame de la mano y ya seremos dos…

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Otoño, recién inaugurado…
tiempo de cambio, de mudanza,
que has llegado y avanzas,
te adueñas del paisaje que ha dejado…
la muerte del verano.

Otoño, yo te pido que no cambies,
su voz en mi recuerdo ni esta carta,
que aprieto entre mis manos,
cuando siento al olvido…
acechando a mi lado.

Otoño, amigo, hoy que me has escuchado,
te ruego que en tus vientos,
llegue mi palabra a sus oídos,
aunque no puedo hablar de lo que siento.

Solo, mirando el horizonte,
yo invento su figura y su mirada,
y muero en la amargura de la nada,
porque quisiera verla, regresando.

Otoño, si la encuentras,
durante tu reinado…
cuéntale que la quiero, pero nunca,
que me viste llorando.

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Alguna vez alguien me dijo que no le gustaban las flores blancas, porque no tenían color. Y me desconcertó. Respondí que sí, lo tenían, y esas flores eran de color blanco, precisamente.
Pero muchas veces la opinión de algunas personas que nos rodean, está teñida de monocromías.
En ellas abundan los grises, las oscuridades del alma, que le impiden ver lo blanco, puro y transparente. Todo parece estar incompleto para ellos. Según su discutible teoría, el color blanco es tan sólo una base (como los lienzos de los pintores) y luego deberían agregarse otros tonos más “vivos”.
En fin… me quedó por mucho tiempo la inquietud casi con algo de decepción.
Luego, fui creciendo, madurando, aprendiendo algo de filosofía, espiritualidad, abstracciones, y pude leer distinto aquello que parecía una contradicción o que no me llegaba a satisfacer como respuesta.
Hoy, puedo asegurar, con plena convicción y desde la esencia de mi ser, que el blanco, tal vez sea el único color posible para pintar y limpiar más de una situación confusa. Porque es el color generador del espectro cromático, que se manifiesta partiendo, precisamente, de la luz blanca.
Más tarde y asociando palabras, pensé: Si “blanqueáramos” nuestra mente de tan abigarrado y desordenado cúmulo de cosas innecesarias desaparecerían, sin duda, los rojos de la violencia, los azules de la frialdad, los ocres y marrones de las tristezas, los grises de lo mediocre o indefinido, y tal vez ese negro intenso del pesimismo.
Una mirada más inteligente le daría paso al amarillo de la sabiduría, al naranja de la providencia, al verde de la naturaleza, al lila de los sueños, al violeta de la transmutación de nuestras ideas…
Y jugando con esta paleta metafórica, siempre podríamos colorear distinto nuestro estado de ánimo, en cada circunstancia de la vida, sin necesidad de vivir ingenuamente y sólo en rosa. Pero lo que no debiéramos olvidar es que siempre la fuente de luz, tendrá al blanco como su naturaleza básica, su razón de ser, su pureza.
Por eso hoy yo veo distinto el espectro lumínico. Esa radiación que emerge de cada persona y cada ser vivo, que abunda, pero parece escaso por lo que le hemos puesto encima, ahogándolo.
Ahora, cuando veo las flores de mi jardín… encuentro algo muy gratificante en mi forma de percibir: las flores blancas tiene color.

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Pocos escritores se ocuparían de un relato romántico, protagonizado por dos seres que no respondieran al patrón de belleza convencional. ¿Quién escribiría el romance de estos dos habitantes de la Tierra, como los que ilustran esta reflexión? Y si uno los mira, no duda que se aman. Rompen todos los moldes, no necesitan ser humanos, ni adaptarse a una idea de la estética. Son enormemente bellos, porque son ciertos, auténticos, porque viven sin pensar en cómo se debe vivir. Algo que le anula la vida al hombre, que lo condiciona, que no lo deja ser feliz.
Yo, estoy tratando de rescatar los valores esenciales. Y no es tarea fácil. Debo dar de baja a tantos mandatos sociales, enseñanzas, imposiciones, todo lo que fuimos aceptando de nuestros allegados y que no sentíamos para nosotros.
En fin, tengo que separar la hojarasca inútil, para redescubrir el fruto lleno de sabor y a punto, que la vida me da en cada “árbol”, donde se prodiga la vida.
Si te pones un mano sobre el corazón, verás que late siempre ajeno a nuestra voluntad y estado de ánimo. ¡Qué sabio! ¿Cómo podría depender de nuestra escasa capacidad de armonizar nuestros días? Si su trabajo de hacer circular la sangre, que nos mantiene vivos en este plano, dependiera de nuestra cabeza, seguramente ya hubiéramos muerto. Es muy probable que nos olvidáramos de hacerlo latir, aludiendo la cantidad de ocupaciones que nos toca cumplir durante el día. Y la felicidad, ¿para cuándo? ¿Y el encontrarnos con nuestra esencia, hasta qué momento puede quedar demorado? La vida no espera a los ocupados. La vida transcurre y continúa mientras estamos mal ocupados. Y después no hay reclamo posible.
Entonces, aquí va mi sugerencia, mi humilde consejo, que yo mismo pondré en práctica. Seamos felices con lo que somos, con lo que tenemos, con la imagen que responde a nuestra naturaleza. Amemos siempre. Amemos en primer lugar a nosotros mismos, para dar mejor calidad de amor a nuestros semejantes.
No te maquilles para parecer mejor, no te camufles, sé vos. Con cara de foca o de colibrí. Con cabello peinado o libre al viento. Pero no esperes a ser como quieres. Ya lo estás siendo. Sólo te falta liberarte de las convenciones y ser feliz.

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Nos pasamos la vida hablando de solidaridad. Creemos ser los más nobles, serviciales y generosos. Y suponemos que, con un solo acto podemos silenciar a la consciencia. Pero ella no se deja sobornar con apariencias. Cuando algo se hace por culpa, por obligación o por la insistencia del pedido de alguien, eso no es ayuda. Eso es un trueque casi indigno. Estamos negociando, (aunque no nos demos cuenta) porque nos sentimos mejor que negando. Pero en el fondo, la acción está contaminada de interés. Puede ser sutil, sin mala intención, pero no es lo que ennoblece. Tender las manos abiertas, también significa las manos llenas, para dar. No para que nos den algo y cerrarlas luego atesorándolo. La idea es entregar lo mejor de nosotros, incluso con la palabra oportuna, el silencio respetuoso. Ayudar a levantarse al caído, sin crearle una deuda. Darle un apoyo y que se tome de nuestras manos para salir de su dificultad. Eso es parte de la dignidad de ser un semejante consciente y útil. Un signo de estar actuando bien puede ser que nos de felicidad lo que hagamos por el otro, que nos alegre el día, que nos haga dormir más tranquilos. Entonces estaremos creciendo hacia la solidaridad, esa palabra que es más que un llamado y se convirtió en parte del slogan para solicitar dadores de sangre. Tenemos que ser ofrendadores de vida. Y esa vida es más bella cuando nos sabemos y nos sentimos útiles. Todo es más gratificante al ver el éxito de quien pudimos ayudar a superar su dolor o necesidad. No hay nada más hermoso que hacer sonreír a quien está triste. Y tal vez, allí, tender las manos abiertas, sea sólo una metáfora, porque estaremos dando el corazón abierto y, por ende, amor que se suma a otras tantas manifestaciones del amor y crece.

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Siempre es más fácil reaccionar. Actuar sin pensar, por impulsos instintivos. Pero eso, casi siempre, nos trae más (y mayores problemas) que la pequeña contrariedad que causó nuestra reacción. Me explayo un poco más: Ante un insulto inesperado, solemos contestar con otro insulto, al instante. Aunque, en realidad, tendríamos que tener siempre presente la posibilidad de que alguien nos agreda con un exabrupto, o su reacción natural por no saber mantener el equilibrio. Mi sugerencia es que tengamos en cuenta que estamos en un mundo en crisis.

Ya debiéramos saber por la enseñanza de los maestros milenarios y, fundamentalmente, por las filosofías orientales, que “crisis”, es también un sinónimo inteligente de “cambio”. Y que el cambio es necesario para no oxidarse, estancarse, vivir por reflejos y automáticamente. Cuando nos enojamos, innecesariamente, nos perdemos de disfrutar el privilegio de crear nuestra vida a cada instante. Entonces, lo prudente sería no estar siempre a la defensiva y con la espada del agravio desenvainada, apuntando a nuestro interlocutor, en cuanto vemos que se empieza a enojar. Todo lo contrario, como dirían en el campo argentino, en esos casos, “hay que desensillar hasta que aclare”. Esto, traducido a nuestro mundo citadino y moderno, sería: bajar los decibeles de nuestras palabras y el ritmo de las frases. Aumentar, muy considerablemente, las pausas y los silencios. Y escuchar. Escuchar el doble o el triple de lo que hablamos. Porque ahí está el material más rico para comprender por qué esa persona está tan mal con ella misma, por qué sufre tanto que ataca al otro al no poder resolver su dolor. Siempre, o casi siempre, para no sonar absolutista, el que nos lastima es porque se siente lastimado. Y su reacción no es contra nosotros. Es una muestra de su impotencia para resolver el conflicto.

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